El momento en el que empezó el 15M

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De cómo empezó el 15M me enteré hace muy poco. Y no me refiero al hecho de cómo un grupo de gente decidió quedarse en la plaza tras la manifestación del día 15. El 15M no fue una mera innovación táctica en las estrategias políticas por el hecho de acampar en una plaza. El acontecimiento 15M fue una transformación de la política misma. Por supuesto, la decisión de acampar fue el detonante y, ciertamente, al hacer propia la experiencia de Egipto esa acción política se inscribía en una dimensión global distinta a la de los movimientos anti-globalización. Pero la transformación política no vino por la ocupación de un espacio público (vieja táctica) ni por la toma de palabra horizontal de las asambleas (vieja práctica). Al fin y al cabo, ¿cuántos gestos políticos similares habían hecho aguas a las pocas horas a lo largo de estos años? La dimensión de lo acontecido parece difuminar lo que hubiese sido lo más probable: que el pequeño grupo que decidió quedarse hasta las elecciones hubiese sido absolutamente ninguneado y el gesto se hubiese visto mermado en fuerzas con los días y las obligaciones.

De cómo empezó el 15M me enteré viendo el documental de Stéphane M. Grueso, porque allí me di cuenta de que el 15M empezó con una sencilla frase. Y no fue la de decidir mantener la acampada hasta las elecciones, sino la que vino un poco después. Tras tomar la decisión de quedarse y organizar la primera asamblea, se propuso empezar a hacer un llamamiento para que otras plazas pudiesen hacer lo mismo. La acción, concebida como un gesto político, se ponía en marcha. Sin embargo, lejos de intentar convencer a los dudosos apelando a la necesidad de un gesto fuerte, contundente y unánime, lo que dijo quien sostenía el megáfono en ese momento fue lo siguiente: «los que no os podáis quedar esta noche a dormir pero os podéis quedar un rato a acompañarnos y hacer fuerza también sois muy bienvenidos». Creo que esa sencilla frase es la que inaugura el 15M. Obviamente, no por la frase en sí, sino por el modo de implicación política que se vislumbra a través de ella: los que se quedaron aquella primera noche no solo concibieron la acampada como una acción que había que realizar, sino como un movimiento que había que sostener.

Ese pequeño desplazamiento resituaba todas las dicotomías que solía crear el discurso de acción política habitual: los que están/los que no están, los que actúan/los que no actúan, nosotros/ellos, adentro/afuera, conmigo/contra mí. Al romperse esas dicotomías, se abría un espacio inclusivo donde lo importante ya no era tan solo «estar allí» en la «acción» -la acampada, en este caso, entendida como la medida de fuerza de la acción colectiva-sino también sostenerla. La relación entre la «acción política» y los sujetos de esa acción quedaba modificada. Los sujetos ya no se definían políticamente por la acción colectiva (los que «pueden estar» y los que no) sino por sus acciones para hacer vivir ese acontecimiento. Se trataba de preguntarse «qué puedo yo» desde mi situación, desde mi lugar. Quienes no podían estar (por tener que ir a trabajar, personas a su cargo que atender, etc.) no solo no estaban excluidos sino que seguían siendo protagonistas. Y desde esa perspectiva, podían hacerse mil cosas: hacer circular y crecer el acontecimiento en las redes sociales, acercarse a la plaza algunas horas, llevar comida, mantas, tanto como ideas y propuestas, hablar de ello en el trabajo, con los amigos, o seguir las asambleas por streaming si era imposible acudir. Muchos se sintieron absolutamente parte activa de ese acontecimiento sin poder pisar la plaza un solo día.

Ese pequeño gesto inauguraba también un nuevo modo de politización. Unos sujetos políticos que no pueden ser «representados» porque para ellos la política ha dejado de ser ese conjunto de decisiones que unos pocos toman en representación de otros. Política es cualquier situación cotidiana en la que se ponen en juego los principios que sostienen la vida en común. Una politización que no marca un nosotros antagonista sino una situación antagonista ante la cual no hay nada que representar porque, en tanto que ya estamos implicados, de lo que se trata es de actuar, de emprender acciones con otros para cambiar esa situación. Ya no se trata de sujetos «revolucionarios» que como una masa homogénea realizan una acción conjunta, sino de sujetos «revolucionados» que transforman con sus acciones las situaciones que viven. Unos sujetos para los que la política se sitúa ahora en aquello que articula la vida en común. Y ante la cual, cualquier situación de «indignidad» es, por el mero hecho de existir, prueba del fracaso de ese común y exigencia de su transformación.

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