Ir a la guerra

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Carta a un amigo de identidad oscurecida:

Mira que te tengo cerca […] pero no te he comentado nunca que desde que empezó lo de Siria, mi pareja me ha advertido más de una vez, con neurótica devoción (y adorable, y tal vez un pelo machista), que si empieza una guerra yo no voy a ir. Que lo tenga bien claro, tú de aquí no te mueves.

No lo repite como un mantra, pero últimamente, con este asunto de Ucrania, la advertencia se ha ido destiñendo de chanza, y la última vez lo dijo sin mirarme a la vez que se levantaba del sofá y escapaba del alcance del televisor que en ese momento mostraba una amago de reyerta chunga entre ucranianos y soldados de Putin que no son soldados, tovarich, son gente disfrazada de verde jugando al paintball con balas de plastilina, que nadie se ponga nervioso.

Yo la tranquilizo. Le digo que no habrá guerra y que, si hay, yo no iría de ninguna de las maneras. Y no solo por miedo, no porque las guerras de sable en mano acabaron hace tiempo, sino porque no responderíamos a la llamada. Habría que decirlo de otro modo: si el Estado Español de Reino de España convocara al país civil a las armas, estoy convencido de que la disidencia sería lo general.

Pero, ¿y el estado de excepción, la ley marcial, la cárcel o todo lo que constitucionalmente aplique? Te habrás fijado […] que desde hace tiempo no hay gobernante ni rey que nos interpele, y que desde hace aún más tiempo (¿desde Lutero?) tampoco tótem ni Dios. Y es cierto que aún estamos pendientes de resolver los problemas que derivan de esa ausencia metafísica, pero si Putin se vuelve definitivamente tarumba habría que celebrar el lado bueno de estar viviendo una individualidad desamparada.

¿Por qué especulo sobre estos desastres […]? ¿El hábito de fabular que relincha? ¿Un trauma, una forma de hipocondría? Ayer escuché en una charla de gente muy lista y loca que imaginar escenarios límite (una guerra, un estado de excepción) sirve de oportuno contraste para superponerlo como plantilla y poder radiografiar las cosas, ver lo que no veíamos, y por tanto tener datos, decían. O de otro modo, digo, crear conceptos. Conceptos para poder hacer cosas en el sentido que más te excita.

Pero qué te estaba diciendo. Sí, la soledad. Sin más ingredientes en la ecuación tal vez nos tiraríamos como garrapatas al primer perro que pasara por debajo. El otro día leí eso de que en mil novecientos bastante el fascismo pasaba por allí en el momento justo, que resolvió el vacío axiológico creando una identidad dios-estado-sujeto-nación y para favorecer la adhesión al club creó cabezas de turco. Y lógicamente hubo cantidad de gente que se hizo fan. Y decía que los peligros de esto aún no se han disipado, que al no haberse solucionado la cuestión de ese vacío, el germen de aquel desmán colectivo seguía existiendo hoy. Eso entendí.

No sé cómo lo verás tú. Pienso que lo que nos permitiría esquivar una locura semejante no es solamente sentirse cosmopolita, o la certeza de que hoy ningún pollo de estos, ninguna caterva de dirigentes, quiero decir, está legitimada para empujar a la gente al horror invivible. Lo que me tranquiliza […] es saber que nunca en nuestra joven vida habíamos estado tan preparados (colectivamente) para desobedecer (individualmente), para reconocer la diferencia entre la legalidad y la legitimidad, entre la ley y lo justo. Eso por un lado. Pero lo que realmente me aproxima ahora, en esta exagerada cadena de conjeturas, a la emoción de ojos enrojecidos y la nariz taponada (no te rías, […]; bien sabes que con el patinaje artístico me pasa lo mismo) es saber que no estaríamos solos. A mi sentir, eso fue uno de los grandes cambios que acontecieron hace casi casi, mira por dónde, tres añitos de nada. Antes la sensación de soledad era general. Desde entonces esa sensación ya no existe. Es imposible. Potencialmente se puede hacer cualquier cosa. (Sí, potencialmente; no te pongas chinche que estoy sensiblón…)

Esto tampoco lo hemos tratado, pero hace tiempo me emperré en alarmarme sobre las consecuencias que podría tener una eyección solar dirigidita a la Tierra, fenómeno que, a pesar de que Iker Jiménez también se haya ocupado de señalarlo, según las estadísticas entra dentro de lo posible. Yo espero, yo digo, que si un desastre así nos deja sin manera alguna de comunicarnos telemáticamente, a poco las horas pasaran y supiéramos que nuestras madres están vivas y bien, comenzaría una peregrinación a Sol. Habría que arreglar rapidito lo de la unanimidad, pero por ahí empezaríamos seguro. Para encontrarnos, para buscarnos, para ver qué hacer. Me da que el nuevo tótem de la humanidad, nuestra cosa común que aún fabricamos, nuestro lazo convocante, nuestra antidivinidad requerida, es en el fondo una Forma de Solidaridad. Y cómo la construimos y cómo la conservamos, es la cuestión de las cuestiones, ¿no?. […]

Así que por esto mi convencimiento de que si alguien intentara mandarnos a la guerra sería imposible que mano alguna nos arrancara del suelo. Y no tanto por cruce de fuerzas sino porque para la mano seríamos fantasmas, o para nosotros la mano sería fantasma. Y también te digo que si alguien lo intentara se revelarían de manera evidente y sorprendente muchas cosas de esas que dicen que no están, que no sirven de nada, pero que, subterráneas, como dice un homónimo del que alguna vez te he hablado, están cambiando el mundo. En todo caso, Putin no lo quiera, claro. Putin o algún reciente Nobel de la Paz, vete a saber.

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