Abierto por derribo: La rebelión de los cuerpos

Los primeros cuerpos que encuentro en la casa son cuerpos desconocidos; no sé si viven allí o es la primera vez que pisan esto. Hay muchos cuerpos adultos, y tres que aún son niñas. “Ha sido una decisión muy difícil, pero pensamos que es mejor que estemos todos juntos; incluso quizá les pueda servir la experiencia luego, si tienen que luchar por otros”, me cuenta la madre de una de ellas. Poco a poco, comienzo a distinguir quien es de la familia a la que quieren desahuciar y quien es vecino, activista o periodista.

La convocatoria ha circulado por redes sociales. Quieren derribar la casa de la calle Ofelia Nieto 29 con tres familias dentro. La excusa son seis metros de acera; la realidad es un solar donde poder construir y ganar mucho dinero. Los responsables: el ayuntamiento de Madrid y la empresa Ortiz, una constructora ligada a la corrupta trama Gurtel y patrocinadora de la candidatura de Madrid a los juegos olímpicos. Esa noche dormimos todos en la azotea para tratar de parar el derribo.

A la mañana siguiente, la policía llega con la grúa y hay 100 cuerpos en la azotea, otros 200 cuerpos en la calle, incluso hay cuerpos colgados encima de la puerta del garaje y en el tejado. A traves de unos grandes altavoces, se escucha: “A las barricadas”, “Oh Bella Ciao”, “La marcha imperial de Star Wars” y “No nos moverán”. Los que están en la puerta son arrastrados por la policía, los que están en la acera de enfrente se saltan el cordón policial y vuelven a la puerta. La policía se ve desbordada, y cuando consigue devolverlos a la acera, un hombre mayor les dice: “nosotros os defendimos; cuando ETA os mataba, nos manifestábamos por vosotros, y mira ahora lo que nos hacéis”.

En la casa, la familia está muy nerviosa. Los hombres están paralizados; las mujeres, a veces cantan y gritan, a veces lloran; las niñas no entienden bien porqué unos tipos, a quiénes no conocen, les quieren quitar la casa, y porqué hay otros muchos, a los que nunca habían visto, duermen ahora en ella y la defienden.

La entrada de la policía es inminente. Mientras otros vigilan, algunos nos sentamos y entrelazamos nuestros cuerpos para resistir lo más posible. Sabemos que nos espera tensión y violencia y escenas tristes y quien sabe si comisaría si multas si hospital si calabozo.

Se oye un grito.

“Se van”.

Imposible.

“¡¡Se van!!!”.

Nos asomamos al balcón, y es verdad: todos los policías se están yendo. Los vecinos ocupan la carretera. Nosotros nos abrazamos, y muchos lloran de la emoción. Cantamos como bebés resucitados el “¡Sí, se puede!!”. El abogado intenta mantener la calma. Aún quedan dos semanas, según la orden judicial, en las que pueden derribar en cualquier momento. Pero hace dos minutos parecía que quedaban solo eso: dos minutos. Estábamos muertos y ahora estamos vivos. El cuerpo de una de las niñas vuela en los hombros de otro.

Cuerpos entrelazados

Dos semanas más de plazo tiene el ayuntamiento para derribar la casa, dos semanas en las que hacemos asambleas y cenas, vemos Los Goonies con toda la familia, nos arremolinamos en el salón cuando la madre y el hijo salen en televisión a explicar el caso, desplegamos una gran pancarta desde uno de los edificios más emblemáticos de Madrid, nos arrejuntamos unos contra otros en el suelo de la azotea para darnos un poco de calor y tratar de dormir algo, hacemos de vigías en el balcón y desde lo alto vemos un incendio, vecinos borrachos, muchos policías y decenas de personas que se presentan allí todos los días antes de ir a sus trabajos, recibimos a gentes de Cataluña, ¡incluso de Italia! que vienen unos días a echar una mano, y formamos un gran tetris de cuerpos que la policía no logrará desencajar.

La casa de Ofelia Nieto 29 el día que se cumple el plazo del derribo.

La casa de Ofelia Nieto 29 el día que se cumple el plazo del derribo.

El día que se cumple el plazo, cortamos la carretera con una batucada y una fiesta. La policía a veces se acerca, tantea, habla con alguno… muy poco más. Dan las doce de la noche y todos nos abrazamos como si empezara un nuevo año, un nuevo curso. Nos despedimos como una pandilla de verano adolescente. Una de las mujeres que iban a desahuciar me dice al oído: “No nos déjeis solos: ya sois de la familia”.

Querían derribar una casa y han construido un gran hogar.

Una chica resume en Twitter estas dos semanas: “Mírate dentro: somos otros”.

Érase una vez una familia subida a una farola

Una semana después, volvemos a la azotea y hablamos de cómo seguir la lucha. Apenas quedan cinco días para la posible elección de Madrid como sede olímpica y el resultado parece irreversible. Sin embargo, ahí estamos, pensando cómo romper el cerco informativo. Tenemos claro que ni el apoyo popular es el que muestran sus manipuladas encuestas, ni Madrid2020 va a traer más que deudas, recortes, especulación, derribos y corrupción. La misma constructora Ortiz, que quería derribar la casa de Ofelia Nieto para forrarse, es una de las patrocinadoras de los juegos.

Decidimos celebrar “los Juegos de la Corrupción” la tarde antes de la elección de la sede, con pruebas como 100 metros sobre, lanzamiento de ladrillos y corrupción sicronizada, así como una marcha que terminamos en el ayuntamiento.

La sorpresa viene cuando llegamos a Sol y uno empieza a escalar una farola con un cartelón en la espalda que dice “Madrid2020 evicts (desahucia) #OfeliaResiste”. Decidimos quedarnos la noche de guardia. Sentimos que allá arriba estaba él, pero no solo: está toda la familia de Ofelia Nieto, está todo ese Madrid que no quiere los juegos. Es un cuerpo subido a una farola que está conectado con muchos otros.

La policía llama a los bomberos para bajarle. Parece el fin de la aventura, pero no desistimos, empezamos a gritarles que ellos también son compañeros, y que se nieguen a hacer un trabajo que no les corresponde. ¡Y se niegan! La policía identifica a esos bomberos y llaman a otros, ¡pero estos también se niegan!

Por la mañana, nos identifican, hacen un cordón policial y llegan más bomberos. El jefe de bomberos y un policía se suben a una escalera para intentar que se baje de la farola, pero él no quiere, y los que terminan bajando son ellos.

Cada vez hay más gente en Sol y mayor difusión en las redes sociales. Se acercan algunos medios de comunicación. Los policías están cada vez más nerviosos. Dos de ellos suben otra vez a la farola y consiguen arrancarle el cartelón.

Activista-farola-contra-Madrid-2020

El chico subido a una farola en Sol con una pancarta de “Madrid2020 desahucia”. Foto: @juanjomanzano.

En una asamblea improvisada, decidimos pedirle al chico de la farola que baje por su propio pie. Lo que pasa despuės es un poco inexplicable: por coger un cartel de cartón, un policía trata de agarrarme, otros tratan de defenderme, y empieza una agresión policial que termina con tres detenidos, dos gafas rotas y varios manifestantes lesionados. Uno de los detenidos es un hombre mayor, ciego de un ojo y con solo un 30% de visión en el otro. Ya en comisaría, les dice a los policías “No sabéis lo que son los sentimientos, no tenéis corazón”. Uno de ellos acaba diciéndole que se calle, que estamos detenidos y no podemos hablar.

En las siete horas que pasamos allí, el trato depende de cada policía: a veces, correcto, a veces, se burlan hasta de nuestras lesiones. “Eso seguro que te lo has hecho escalando, se quita con quimioterapia”, me dice uno mientras señala mi muñeca hinchada por una agresión de su compañero. A la otra chica detenida la llevan después de un lado a otro con las esposas puestas. Nos imputan desobediencia, resistencia y atentado a la autoridad. Como le dice un policía a otro: “lo de siempre”.

La policía intenta convencer a los que llevan la ambulancia del SAMUR para que no nos lleven al hospital, pero yo les escucho y les digo que tienen que llevarme. Finalmente, dos policías nacionales, que no son antidisturbios, nos acompañan al hospital. Uno de ellos nos pregunta porqué nos han detenido, y luego nos cuenta que él fue antidisturbios tres años porque su padre también lo había sido: “Pero me quité, cada vez que me ordenaban cargar contra los manifestantes, me preguntaba ¿pero, porqué? si ellos tienen razón.” Nos cuenta también que antes iba por Lavapies y otros barrios a pedir los papeles a los inmigrantes, lo que suele llamarse “redadas racistas” aunque los respectivos gobiernos siempre han negado que existan. “Muchas cosas las tenemos que hacer solo para hacer números, los mandos necesitan ciertas estadísticas y así se consiguen rápido”. Después admite que muchas cosas que hace como policía le gustan, “pero muchas otras no, son solo politiqueo”.

Mientras tanto, en Sol, el otro chico baja de la farola y les grita a los policías: “decidles a todos los presentes qué le hacéis a la gente en los desahucios; decidles cómo nos pegáis, con qué brutalidad reprimís”. Y como ninguno le responde, se vuelve a subir. Cuando baja por segunda vez, le detienen y llevan a nuestra misma comisaria.

A todos nos cogen las huellas dactilares, firmamos la liberación y salimos. El que se había reído de mi lesión de muñeca se queda diciéndoles a otros que él sabe de buena tinta que las olimpiadas van para Madrid. Ya fuera, recibimos el alud cariñoso de muchísima gente, incluida la familia de Ofelia Nieto. Al enterarse de que no he comido en todo el día, las dos mujeres de la familia me compran un bocata enorme, como si ahora fueran mis dos madres.

Cuando ya nos vamos todos, alguien mira el móvil y grita: “¡Han eliminado a Madrid!!”. Los que ya estábamos metidos en los coches, salimos corriendo a abrazarnos, cantar y celebrarlo.

Los cuerpos heridos y encerrados se sienten más vivos y libres que nunca.

Todas las armas contra ella

Cuatro días después, hay un nuevo desahucio. Se trata de Amaya, una chica de 30 años, aunque aparenta mucho menos. Sus padres se acaban de morir, ella se quedó sin trabajo y la inmobiliaria la quiere echar de su piso por no haber podido pagar el alquiler durante unos meses. No tiene nada, ni a nadie, pero la inmobiliaria se niega a negociar y el Gobierno prefiere ayudarles a ellos que a Amaya.

Unas diez personas pasamos la noche con ella por si vienen a desahuciar temprano. Tiene el salón lleno de pósters de El Señor de los anillos, y en la cama, muchos peluches. Son las 6 de la mañana y aparecen Luisa y María Ángeles, las dos mujeres de Ofelia Nieto. Dicen que ya hay varias furgonetas de policía y no dejan a entrar a nadie más; mucha gente tiene que quedarse fuera. Los que ya estamos dentro atrancamos la puerta con un mueble y tapamos las ventanas. Nos da mucha fuerza ver allí a Luisa y María Ángeles que ponen ahora su cuerpo para ayudar a otros. Nos dicen desde fuera que ya hay más de veinte furgonas de policía; el abogado nos advierte de que ya van a entrar. Decidimos resistir. Se oyen golpes. El abogado y una mediadora hablan con los policías. Dicen que le ofrecen una prórroga de un año para pagar y que si no, entran. Amaya está preocupada por nosotros, y también por sus muebles: es lo único que tiene. Una chica que ha estado en muchos más desahucios le dice: “No aceptes algo que te vaya a traer luego más problemas, lo digo por experiencia”. Pero Amaya se viene abajo y solo puede decir entre lágrimas: “Que se vayan, joder, yo no puedo más, no quiero que entren así, por favor que se vayan, por favor que se vayan…”. Tratamos de consolarla, la decimos que no está sola, que todos estamos con ella. Amaya habla por teléfono, sale y cuando vuelve nos dice que ha negociado dos años de prórroga a cambio de entregar las llaves. Le han prometido que, si salimos pacíficamente, no nos van a detener ni identificar y que podemos ayudarla a sacar los muebles. Vamos saliendo en medio de un pasillo interminable de policías.

Amaya tras ser desahuciada. Captura de pantalla del vídeo de Jaime Alekos.

Amaya tras ser desahuciada. Captura de pantalla del vídeo de Jaime Alekos.

Cuando una vecina nos ve, se echa a llorar: nos cuenta que a su hija también la van a desahuciar pronto. Y cuando consigo reunirme con todos, me entero que la policía ha pegado una paliza a un amigo mío. Al parecer, le han pillado solo, desprevenido, y después de correr tras él, le han tirado al suelo y le han pisado la cabeza. Los del SAMUR ni siquiera le levantan la gorra para ver si le han hecho daño.

Mientras tanto, Amaya sale para pedir ayuda con los muebles. Vuelve a echarse a llorar y la abrazan. Los policías, que están al lado suyo, no se atreven ni a mirarla.

Todos los muebles quedan a la intemperie y empieza a llover. Muchas manos amigas ayudan para tapar los muebles con plásticos. Amaya, que ya no tiene techo, se queda a dormir en casa de un chico de la asamblea del barrio. Nadie del ayuntamiento, de la inmobiliaria, de la policía o del Gobierno le ha preguntado si tiene sitio para pasar la noche.

Epílogo

En el siguiente desahucio, ahí está también Amaya, pero ahora es ella la que coge la mano temblorosa de Perla, la mujer a la que van a desahuciar. Esta vez sí, el desahucio se consigue parar. Cuando vuelvo a ver a Amaya, me cuenta que se vive de distinta manera si vas a ser desahuciada o si has ido a ayudar, pero que la tensión y la impotencia es la misma, y que cómo ella lo ha vivido en su propio cuerpo, puede ayudar de una forma más cercana: “No sabes lo fuerte que Perla me agarraba la mano, yo sé bien lo que estaba sintiendo”.

Ponerse en el lugar del otro, a veces, es poner el mismo cuerpo.

Vamos a un bar y nos sacan una ración de patatas bravas. Cuando ve que alguno se distrae hablando y no come, ella pincha una patata y se la ofrece.

Parece muy feliz de poder cuidarnos.

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16 respuestas a Abierto por derribo: La rebelión de los cuerpos

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  7. 8) dijo:

    gracias hermoso por las palabras, gracias a todas por la realidad calida y cambiante y vibrante

  8. Nu dijo:

    Gracias por situar el foco a ras de suelo para permitirnos ver lo que está detrás de los manifiestos, de las noticias televisivas, de las broncas mediáticas: piel de gallina.

  9. Felipe dijo:

    #Diana Cordero Escrita la conmovedora crónica en primera persona, es fácil deducir al autor y dice mucho de su intención de anonimato. Con personas así, hasta el fin del mundo.

  10. Anónimo dijo:

    Wowww…, que desgarradora cronica…cuanto talento y cuanta injusticia, que mundo de mierda les va a quedar a nuestros hijos, con lo que parecia que habiamos avanzado, y se a ido todo al carajo en un soplo…En fin , enhorabuena por tanta solidaridad y mucho animo..

  11. Elisa-María dijo:

    Un relato muy vivo que quisiera que leyese todo el mundo. Consigue traspasar la inquietud, el desasosiego, la alegría, la indiferencia, la hipocresía, la sorpresa, el dolor … todo menos la resignación a que siga ocurriendo semejante injusticia.
    Gracias autor/a has estado genial.

  12. Diana Cordero dijo:

    Bueno, la publicaré en Kaos esta noche y pondré como autor/a Al final de la asamblea. Cualquier cosa me avisas

  13. Anónimo dijo:

    Os quiero, a todxs y cada unx de vosotrxs.

  14. Diana Cordero dijo:

    quien es la autora o autor de este texto maravilloso, alucinente, conmovedor?

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