Al Aaiún: cuando parece que nada pasa

Hace dos años, Al Aaiún apareció levemente en la agenda internacional: los saharauis formaron un campamento que muchos consideran el primer precedente de Tahrir, Sol y Occupy Wall Sreet. El próximo 1 de febrero se celebra el juicio militar a 24 activistas que participaron en él. Solo hay una manera de saber qué pasa hoy allí, y es acercarse, mirar y hablar con la gente, ahora que no hay focos…

Tras pasar dos controles, donde se han llevado mi pasaporte hasta cuatro policías distintos y me han hecho un montón de preguntas, llego por fin a Al Aaiún (Sahara Occidental). Cuando me bajo del autobús, uno de esos policías me está esperando para llevarme en su coche a un hotel. Le digo que prefiero coger un taxi, pero me responde: sube, mejor te llevo. El tono de ese “mejor” no admite un no por respuesta. Yo quería alojarme en un barrio más popular, pero me lleva a uno del centro. Es mejor, me vuelve a decir. Están todos los hoteles llenos, pero hasta que no encuentra uno, no me deja en paz. Paso una noche allí, pero al día siguiente me cambio.

Al tercer día de estar allí, un hombre me advierte en un café que tengo a dos policías de paisano siguiéndome. Uno está siempre en mi hotel. Otro suele sentarse conmigo en un café al que voy. Es normal, me dice, siempre que viene algún extranjero lo hacen así.

– Ten cuidado. No quieren que ayudes a los saharauis, ni que te enteres de lo que pasa aquí. Nosotros tenemos miedo hasta de hablar con vosotros, fíjate.

– Pero ahora está la cosa tranquila, ¿no?

– ¡No! Aquí hay muchas manifestaciones.

– ¿Cuándo?

– Casi todos los días. Cada vez en un barrio distinto. Pero es difícil enterarte antes. Si fuera fácil para ti, también lo sería para la policía, y podría reprimirla más.

Supongo que tiene razón.

La ciudad

Hay personas que son más viejas que ella. Fundada hace 80 años por militares españoles, de alguna manera se parece el típico poblado del lejano Oeste. De hecho, es el lejano Oeste, pero no de Ámerica: de África. 

Fuente: es.wikinews.org

Fuente: es.wikinews.org

El centro es una rotonda repleta de hoteles y dos calles perpendiculares que la vertebran. La principal es la que llaman “look at me” (mírame), con los mejores restaurantes y las tiendas más caras, donde la gente va a pasear y dejarse ver. La segunda es la calle del mercado, donde venden tijeras, cerrojos usados, pavos muertos, pavos vivos… Si atraviesas esta calle, llegas a un barrio más popular donde hay siempre niños, jugando al fútbol o cogidos de la mano, de veinte en veinte, al volver de la escuela. También puedes verlos sentados en círculo escuchando a dos cuentacuentos que a falta de títeres, hacen ellos mismos de muñeco y tirititero mientras van pidiendo monedas para continuar su historia. Si aún vas más allá, encuentras otro mercado, esta vez de cabras y dromedarios. Allí , uno se señala el cuello y hace que se clava un cuchillo y le chorrea sangre, mientras me señala. Después me entero que me está intentando decir: yo soy matarife, ¿y tú de qué trabajas?

Si aún te adentras más, empiezas a ver grúas, alguna fábrica y las típicas casas con los colores del desierto: amarillo, marrón, rosa pálido, naranja… Más allá, hay mucha basura. Un poco más allá, el desierto.

Las furgonetas azules de la policía son ominipresentes. También las furgonetas amarillas escolares. Y una blanca de la ONU. Y en algunos sitios estratégicos, muchos militares. Cuando me ven, a veces se acercan y les hacen alguna broma a un niño. Los niños les miran perplejos.

 

La Historia y las historias

La Historia es más o menos sabida: colonia española hasta 1975, año en la que es ocupada por Marruecos. Hay saharuis que se quedan, saharuis que forman el Frente Polisario para luchar por la independencia, saharuis que huyen hasta la frontera con Argelia y acaban formando los campamentos de Tindurf. Empieza la guerra, la represión, la lucha diplomática por un referéndum que siempre se pospone. Mientras tanto, cada vez más marroquíes se vienen a vivir aquí.

Las historias, en cambio, no son tan conocidas. Antes de venir, me costaba imaginar cómo era la vida aquí. Los días que paso en Al Aaiún camino por algunos barrios, hablo con la gente, y compruebo que lo que dice Jehane en un foro es más que cierto: “El Aaaiún fue la meca de muchas personas que vinieron buscando riqueza y que el tiempo ha desencantado. Podrás escuchar muchas historias de marroquíes desilusionados, de saharaouis en lucha constante, de otros que se han construido una vida, de desencuentros entre familias separadas por un muro, e incluso muchos te contarán de su añoranza del tiempo en que fueron colonia de España. Creo que lo mejor de la ciudad es eso, las historias de todas esas gentes, así que estate siempre a la escucha, porque se abrirán rápidamente a tí en cuanto les des una oportunidad.”

 

Primera historia

Cuando voy por la calle, muchos me saludan. Se acercan. Me preguntan. Me dan la bienvenida. Me dicen que si me pueden ayudar en algo. A veces me acompañan un trecho del camino y vamos hablando. Uno de ellos habla un español perfecto: “claro, antes eramos de España, pero nos abandonaron, qué se le va a hacer”. Otro es un adolescente saharaui que dice estar harto de la ocupación marroquí.

– ¿Ves? Hay policías por todas partes. Todos marroquíes. Y se quedan con todo: las casas, los trabajos… No nos dejan nada a nosotros. Yo me quiero ir a estudiar a Egipto. Y luego ya veré.

Pasamos por la sede de Minurso (Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental). Está rodeada de unas veinte banderas marroquíes, plantadas fuera pero tan, tan cerca que, cuando corre un poco de aire, las banderas ondean dentro. Le pregunto al chico: ¿y estos qué hacen?

– Nada. Solo comen y duermen. Y se dan una vuelta por ahí de vez en cuando.

Antes de irse, me da su facebook. Cuando le agrego, veo que su foto de perfil es la de Sadam Husseinn.

 

Segunda historia

“No hay problemas entre marroquís y saharauis, gracias a la policía todo está tranquilo, y con todas las inversiones que están haciendo, cada día está mejor”.

Quien me dice esto es un chico marroquí que he conocido en un café. Me cuenta que su padre es de Casablanca y vino a trabajar aquí hace 20 años. Es normal, me dice, la gente va donde hay trabajo. Y aquí están creando muchos.

Me lleva al hotel de lujo donde él estuvo trabajando un año. Nos tomamos allí un té.

– Mira, ese es el “presidente” de la ciudad.

Me señala a un tipo calvo, que jamás nos mira, aunque estamos muy cerca.

– Desde que él está aquí hay cada vez más fábricas, mejores calles…

– ¿Porqué es el “presidente”? ¿La gente le vota, hay elecciones?

– No. Es el rey quien lo ha puesto. El rey es el que sabe quién es el mejor para cada región. Si no, puede pasar como en EE.UU, que la gente vota a Schwarzenegger.

Cuando me lleva a la calle “look at me” no deja de señalar a las chicas vestidas más “occidentales”.

– Mira esa. Bitch (zorra). Y esa. Bitch.

Cuando lo dice, pone cara de asco, pero no se le escapa una. No hay pantalones ceñidos o algo parecido a un escote que no lo mire unos segundos.

 

Tercera historia

Tendriáis que escuchar mi francés. Ni para pedir un zumo de naranja a veces me entienden. Lo bueno es que, al final, siempre acaban llamando a alguien que sepa inglés o español para que haga de traductor, y este me acaba invitando a la mesa con sus amigos.

Hoy me ha vuelto a pasar. El joven saharui que me echa un mano se describe así: “Ni estudio ni trabajo. Soy el típico chico saharaui”.

Me cuenta que, tanto en el colegio y en el instituto, la mayoría de los maestros son marroquíes y “si eres saharaui, ni se ocupan de ti, te discriminan: en tu propio país.”

Pasa de hablar de fútbol a las palizas de la policía con total naturalidad. Aunque le cambia la cara. Cuando habla de Messi, parece un chico de 15 años. Cuando habla de otras cosas, pareciera que tenga 40.

Le pregunto si no tiene amigos marroquíes.

– Claro. Uno de mis mejores amigos, mi hermano más bien, es marroquí.

Y duda un poco antes de decirme esto:

– Mi novia es marroquí.

– ¿Y ella? ¿quiere la independencia?

Vuelve a dudar.

– Sí.

Y se ríe.

Pienso que habría que preguntarle a ella.

Mercado de Al Aaiún.Fuente: Rafael Gómez (www.micamara.es)

Mercado de Al Aaiún.
Fuente: Rafael Gómez (www.micamara.es)

 

Cuarta historia

Me dicen que ya no quedan autobuses para ir a Marraquesh. Un hombre me pregunta que si me puede ayudar. Él también quiere irse ya. Acabamos compartiendo taxi para ir a otra estación. Está cerrada hasta las cinco. Lo mejor es que nos vayamos a comer y ya volveremos, me dice. Cogemos otro taxi. Yo creía que me iba a dejar en mi hotel, pero de ninguna manera, me invita a comer en su casa.

Él vive ahora en Sevilla, pero nació en Tindurf. En la casa nos espera su hermana, que también nació en allí. Todos los veranos se iba con una familia a España, hasta los 18 años, que dejó definitivamente los campamentos y se fue a vivir a Sevilla y a Alicante. Me presenta también a su madrastra. Su madre todavía vive en el campamento de Tindurf. El padre prefirió venirse aquí y se volvió a casar. Es la hermana quien, con acento andaluz , me cuenta esta historia:

– Cuando se fueron los españoles y empezó la guerra, mis padres huyeron a Tindurf. Al tiempo, mi padre, quiso volver aquí. Él dice que esta es su tierra, que es la de sus padres y la de sus abuelos, y que quiere morirse aquí. Pero mi madre le dijo: si quieres, vete, pero yo me quedo. Aquí no es como en España, no se necesita tanto papeleo. Si te quieres separar, bastan tres palabras. Y mi padre vino y se volvió a casar. Mi madre dice que prefiere la libertad. Y allí la tiene, libertad total, y también miseria total. Bueno, miseria… tampoco tanto. Aunque yo preferiría que se viniese aquí, no allí todo el día al sol. Que sí, que aquí hay represión, como en tantos sitios, pero también puedes hacer una vida más o menos normal.

El hermano, en cambio, dice que se está mejor allí. Que al menos hay libertad. Que aquí la policía está siempre cogiendo a chavales por hacer grafittis de Sáhara libre o cosas así.

Ella asiente:

– Hay adolescentes que se juntan muchas veces para tirar piedras a la policía. Yo les digo: con eso, lo único que váis a arreglar es que os den una paliza y os metan en la cárcel. Pero es su forma de luchar. Ahora, no hay mucho más que eso.

Él se asoma por la ventana y me dice: mira, tus amigos. Abajo hay un coche de policía. Poco antes, les había contado yo la historia de los policías que me vigilaban. Ella niega con la cabeza.

– No creo que estos estén aquí por ti. Aquí hay muchos pisos vacíos y la policía quiere tenerlos así para ir ocupándolos con marroquíes que vayan viniendo. Cuanto más marroquíes vengan al Sáhara, más fácil es que ganen el reférendum. Por eso, también los saharauis ocupan siempre que pueden pisos como estos. Estos policías estarán aquí por eso.

– Aquí nunca se sabe, insiste él.

 

Quinta historia

Es muy común ver a un corrillo de hombres, sentados en el suelo, jugando en la arena a una especie de damas con piedras y pajitas como fichas. Los que van moviendo estas “fichas” son dos, pero los que están alrededor ayudan a uno o a otro según quien sea su amigo. Que jueguen solo dos, mientras los demás solo miran o esperan, sería absurdo para ellos; aquí todo se hace en grupo, y si se puede ayudar, se ayuda.

Como hay poco trabajo, me dice uno, es una forma barata de pasar el tiempo.

 

Sexta historia

Por la mañana, había dicho en el hotel que me iba, pero como después no he encontrado billetes, pregunto ahora si me puedo quedar también esta noche. Ya está completo, me dicen. Entonces, me despido de él, y también del policía de paisano que estaba siempre en recepción, y me voy a buscar otro hotel.

Tardo más de una hora, y cuando al fin lo encuentro, salgo de la habitación, y me topo con ese mismo policía, que ahora hace como que reza. Pienso: no digas nada, ¿para qué?, no merece la pena. Pero al final me acerco, y le pregunto: ¿porqué estás aquí?

Se le ve sorprendido. Hace que no entiende. Hace que se ata los zapatos (¡pero son babuchas, no tiene cordones!)

Se lo vuelve a repetir más despacio.

Es igual.

Se lo intento decir en francés.

Me contesta en inglés.

– Trabajo aquí.

– Pero si estabas siempre en el otro hotel.

– Trabajo en distintos hoteles.

– ¿Y cúal es tu trabajo?

– Distintas cosas.

– ¿Cómo qué?

Se ríe.

Yo insisto. Sonriendo y muy educado (o al menos, ¡eso creo!).

– Ayudo en la recepción.

– ¿Cómo?

– Veo la televisión.

– Ver la televisión no es ningún trabajo.

– Sí

– ¿Sí?

– Sí, sí.

Todo esto mientras se va, poco a poco, alejando. Hasta que se acaba yendo del todo.

Cuando, poco después, salgo a cenar a mi restaurante habitual, me encuentro allí sentado al otro policía. Cuando pido la cuenta, veo que coge el móvil: supongo que para decir a otros que ya salgo. Si me lo cuentan unos días antes, no me lo creo.

 

Penúltima historia

“Solo nosotros veíamos la represión. No dejaron pasar a la prensa internacional. Solo a la marroquí, que siempre miente.”

Así me habla un chico saharui del campamento de Gdeim Izik, también conocido como Campamento de la Libertad. Él no estuvo allí, pero sí en los enfrentamientos que hubo después en Al Aaiún.

Campamento de Gdeim Izik.Fuente: http://www.documental-gdeim-izik.tk

Campamento de Gdeim Izik.
Fuente: http://www.documental-gdeim-izik.tk

La historia es esta: En octubre de 2010, unos 40 saharuis montaron jaimas a las afueras de Al Aaiún como forma de protesta pacífica por sus condiciones de vida. Pronto se empezó a sumar gente hasta formar un gran campamento. Para muchos, ese fue el verdadero pistoletazo de salida de la Primávera árabe. Después vendrían Túnez, la plaza Tahrir. Y un poco más tarde, la Puerta del Sol, Occupy Wall Street… Aquí, no dió tiempo a tanto.

Antes de cumplir el mes de protestas, las fuerzas armadas marroquíes rodearon el campamento, dispararon a un chico de 14 años que pretendía entrar, y acabaron desmantelando el campamento por la fuerza. Las protestas, la represión, las peleas entre marroquíes alentados por la policía y los saharuis se trasladaron a Al Aaiún. Aún hay 24 presos por participar en el campamento. El 1 de febrero se celebra su juicio militar y parece que antes habrá algunas movilizaciones, tanto aquí como en Tindurf, Francia, México, España…

Una amiga, que sabe que estoy por aquí, me pasa por correo la convocatoria de protestas y un artículo, donde un saharui cuenta que, a pesar del trágico desenlace “el campamento de Gdeim Izik fue dulce, una luz para los saharauis, una unión que eliminó el tribalismo y renació la amistad y el hermanamiento”.

 

Y un pensamiento

En la estación de autobús, vuelvo a ver a uno de los policías de paisano. Cruzo la frontera. Ya no me sigue nadie. Yo me voy. Ellos se quedan. Sus historias siguen. No sé cómo, pero siguen. Estaría bien saber cómo siguen. Qué pasa después, cuando se supone que nada pasa.

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