La Princesa y La Nada (carta de amor a La Princesa)

Nunca pensé que quisiéramos tanto a un lugar en donde lo hemos pasado tan mal, mi familia, que tantas veces hemos estado en las urgencias del hospital de la Princesa de Madrid.

El domingo cuatro de noviembre, gris, frío y de puente, fuimos trabajadores y vecinos a las seis de la tarde a concentrarnos delante del hospital con el hachazo muy mal encajado aún (¿se puede encajar un hachazo?) de que el Hospital de la Princesa cierra. O en neolengua: se transforma en centro de superespecialidad geriátrica que bla, bla. Maneras de decir. Se eliminan las especialidades, los quirófanos, los servicios punteros de hematología y sus investigación, unidad de ictus, ucis, etc… y sobre todo, las Urgencias, imprescindibles para que un hospital se parezca mucho a un hospital. Imprescindibles para los vecinos cuando les da por ponerse a morir. Vamos, que se cierra el hospital de la Princesa.

Noticia bomba de un miércoles, víspera de un largo puente. La noticia en realidad era más importante aún, el cierre de La Princesa no es una anécdota. En el mismo movimiento se privatizan en un 100% todos los hospitales nuevos del cinturón de Madrid, esos inaugurados hace apenas cuatro años y con ellos el 10% de los ambulatorios de Atención Primaria de la ciudad, o sea, los que determinan el flujo de pacientes hacia las especialidades, los quirófanos y los hospitales en general.

Se privatizan además todos los servicios no médicos del resto de hospitales públicos que queden y se concentran los laboratorios en sólo cuatro de ellos.

Una bomba. Una simple carta que leyó algún médico de los que conozco bien y que el miércoles pudo atender a treinta pacientes, sin respirar, sin poder comer, pacientes que acumulan dos horas de insoportable retraso, y sin embargo, casi siempre, se hacen cargo de que el médico nada puede hacer y nada tiene que ver. Una carta que leería en las luces de la pantalla del ordenador, después de la batalla que supone cada día laboral de la mayoría de los trabajadores de la Princesa. Una carta que anuncia un imposible, si la doctora que la lee en cuestión, lleva, pongamos, treinta años dejándose la piel, de una manera profundamente personal, para cuidar a una interminable lista de pacientes.

Será difícil entender para un paciente que las urgencias y las especialidades de la Princesa sobran, que las van a encajonar en el Gregorio Marañón, un hospital mastodóntico que no puede casi procesar lo que ya le toca.

La carta del miércoles es en realidad el toque de cuerna que anunciaba el asalto inminente de los bárbaros sobre una ciudad. Es una alarma de bombardeo en toda regla. Lo que se anuncia, no tiene nada que ver con una “racionalización” de nada, ni con unas modificaciones en la gestión de nosequé. Entramos en la fase más directa de saqueo de los últimos nichos de riqueza común que va a utilizar el gran capital, o los mercados de ahora, para reproducirse. El hospital de la Princesa se traslada, pero a las islas Caimán y en forma de dólares. La deuda, el déficit, la prima de riesgo son sólo las palabras, perfectamente comprensibles por otro lado, que explican que el ahorro en lo público se convierte en deuda financiera pagada cada mes. La mitad de lo que se paga ya es “deuda” que se fuga por las inmensas tuberías del capital financiero hacia paraísos fiscales sin nombre. El conocido como Estado de Bienestar se desmantela, lo saquea en realidad un enemigo sin rostro, una mecánica que no vemos, un asaltante invisible que sin embargo llega a saco, haciendo sonar cuernas y alarmas antiaéreas, en quince días cierra la puerta de la Urgencias del Hospital de la Princesa. Lo que antes estaba, ya no está. Es quizás la guerra, el asalto más invisible del que tengamos noticias, y sin embargo, va a cambiar completamente el aspecto de nuestra sociedad tal y como la conocíamos. La Nada se lo traga todo.

El domingo cuatro de noviembre nos fuimos a la Princesa indecisos, inseguros ante un anuncio que no era tal, porque era un fantasma, porque nadie lo había visto en los medios, allí no existía, las noticias del telediario trataban más bien de anécdotas por el mundo, artilugios que se venden por internet para echar la siesta en tu mesa y así. Nadie sabía nada porque además estaban de puente, porque ¿cómo comunicarse con los trescientos mil vecinos a los que atienden allí?

La Princesa alberga algún secreto más. Se encuentra en el corazón del Barrio de Salamanca de Madrid, es decir, alrededor de las calles de mayor poder adquisitivo de la ciudad, de la zona tradicionalmente más conservadora, y hoy, digamos, vetusta. El mundo de las clases altas que habitan y las que lo habitaban antes incluso de la guerra.

En fin, un panorama social bien distinto al de, por ejemplo, el Hospital Doce de Octubre en el sur más humilde de Madrid. Esto marca un escenario de pacientes y vecinos y de trabajadores sanitarios, muy antiguos muchos de ellos, bien distinto. En la Princesa la presencia sindical actualmente era escasa, en el barrio en que está situado la experiencia de movilización callejera casi nula, si exceptuamos las razzias antiabortistas (proVida) o antigays (proFamilia) de la Conferencia episcopal la legislatura pasada.

La Princesa está en un barrio señorial (aunque atiende otros barrios de trabajadores más lejanos) y el mundo de sus trabajadores es un mundo típicamente despolitizado.

Así que ese domingo de misa y descanso en un barrio serenísimo por el agravante del puente, nos acercamos al hospital. Allí se concentraban decenas de trabajadores sanitarios que se fueron convirtiendo en centenares de vecinos, médicos, enfermeros, auxiliares y todo tipo de trabajadores del centro.

No había banderas de sindicatos, no había una clara experiencia previa de qué hacer. Un montón de gente muy típicamente del barrio, lo que podríamos llamar “señoras y señores bien”, entre otros perfiles más neutros (si eso existe), elegantes médicos con sus batas blancas, su prominente camisa, impecable peinado a raya, zapatos castellanos y fonendo al cuello. Algunas de ellas, sanitarias o no, perlas en las orejas, tacones, bolsos elegantes y hasta dos o tres abrigos de pieles se veían por allí.

Qué le vamos a hacer, hasta ahora nuestra sociedad ha podido leerse mediante la semiótica de las apariencias, de los símbolos que implicaban un mundo ordenado de creencias, economías y relaciones sociales. Baste decir pijo, facha, perroflauta o jipi.

Pero el mundo comienza a desordenarse. Mucho.

Mucha gente llevábamos velas porque la convocatoria era de una “velada”, ante un cadáver que bien podría ser el de La Princesa. Y así, entre titubeos, toda esa gente decidió, espontáneamente echarse a la calle, a la calzada, en forma de procesión y cortar el tráfico de todas las calles que rodean el hospital, incluido Francisco Silvela, casi una autopista, una de las grandes arterias de circulación de la capital. Poca broma. Nadie dudó ni un segundo de qué es lo que estábamos haciendo o de si era correcto. Gentes tranquilas peros determinadas cortaron y circularon por las calles aledañas con velas en la mano. Se interpusieron al tráfico y a los agentes de la policía paralizados ante lo imposible.

Qué le iban a decir a ese doctor o a aquella señora con el bastón. Un perfil rarísimo de manifestante que se ha echado a hacer, ni más ni menos, que el perroflauta. Derivas espontáneas, anónimas, no comunicadas, no lideradas y sin símbolos de sindicatos o partidos. Sólamente los personales, el cartel que a cada cual se le ocurre, o las velas, algo tan descargado, tan íntimo y a la vez tan potente.

Quizás no había repertorio de acción disponible en la cabeza de muchos de los manifestantes (eso es en lo que nos convertimos inmediatamente), ni palabras para explicar lo que pasaba. Auxiliares que conozco del hospital, acérrimas votantes del PP, no conseguían explicar esta vez lo que estaba pasando. Ya ni la herencia de ZP bastaba. La mirada desolada busca palabras en el aire. Muchos otros médicos que no hacen habitualmente más que trabajar, y lo que podríamos llamar, una vida normal, muy normal, o sea, muy despolitizada, no alcanzan a explicar tampoco lo que está sucediendo. Falta de palabras. Desconcierto y shock.

La situación para mucha gente se me hace que se parece mucho a la de un accidente de tráfico, un accidente de la vida. Algo que no esperas, algo, en realidad, para lo que no tienes palabras y sobre lo que no hay qué decir. Ninguna explicación encaja muy bien, es más, tampoco se sabe qué hacer, pero esta vez estás tú sobre el aire del precipicio. Nada bajo los pies. No hacer no es una opción.

Ahora hay que ir a una asamblea. Algo inesperable. Los sindicatos quedan fuera de juego en un primer movimiento. Las trabajadoras que recogen firmas en la entrada dicen que no quieren siglas, ni partidos, ni nada. Una dice que no quieren que se politice la cosa. Estamos aquí para defender el hospital. Le digo que cortar una calle es politizar. Bueno eso sí, claro, contesta rauda.

Un gran cartel reza “queremos cuidaros a todos”. No es marketing, carecen de estrategias. Sé que es sincero. Se trata de eso, no de unas nóminas y unos puestos de trabajo, que serían de todas formas una justísima y necesaria demanda. Esta vez se trata de algo más profundo, más grave, más complejo y sin embargo, más determinante.

En la asamblea ahora hay que pensarlo todo. Qué pasa, qué queremos, qué hacemos, qué cabe esperar, qué es negociar y qué no, qué es protestar, qué tiene sentido, ¿Esperar? ¿Ralentizar el proceso? ¿Suavizarlo? ¿Bloquearlo absolutamente? ¿Son válidos los interlocutores? ¿Quién dirige, los jefes de servicio, los gestores, las gentes que se agolpan en la puerta? ¿Cómo se enfoca esto? ¿Es político, es aritmético, es una cuestión de números, hay algún criterio médico que discutir? ¿De qué estamos hablando?

Todo es nuevo y desconcertante, y sin embargo existe un fondo firme, rocoso, contra el que la realidad ha tocado hueso. Todos esos perfiles heterogéneos entre pacientes, vecinos y trabajadores tienen claro una cosa, y es que La Princesa no se puede cerrar. En un sentido muy fuerte.

Aquel domingo un joven doctor investido de la autoridad que le otorga el fonendoscopio colgado del cuello y su inmaculada bata blanca dirige las maniobras más peligrosas de corte y abandono de las calles entre los coches, se preocupa de que nadie se quede en la calzada retrasado expuesto a los vehículos en la oscuridad creciente del domingo iluminado por el serpentear de las velitas. Vamos señora, por aquí. Es una actitud tierna y desconcertada. Él se arroga el papel de cuidador. Justo el de su profesión, justo lo que demandan.

Sanitarios y “vecinos bien” han devenido en perroflautas, en fonendoflautas más precisamente. Un grupo de la sociedad inesperable parece recaer en las formas y modos aprendidos de los chicos del 15M. Exactamente lo mismo que pasó con los policías que comenzaron a practicar lo de la deriva anónima y festiva por las calles de Madrid el junio pasado, precisamente junto a un montón de perroflautas con los que en principio no tenían nada que ver. En ambas ocasiones se ha cantado “Que no, que no, que no nos representan.”

El domingo por la noche, mucho después de que la mayoría de la gente se fuera a sus casas, en el recibidor del hospital se respiraba un ambiente muy especial. Muchos rostros coloreados de excitación, pupilas dilatadas, abrazos espontáneos, una especie de hermandad como de nochebuena, muchas felicitaciones implícitas, apretones de manos… ¿Por qué? Los vecinos, muchos de los cuales habían llorado amargamente en la puerta del hospital con su vela en la mano también se habían ido con una rara sensación de emoción. Muchos saben que ahora volverán todos los días a las once de la mañana y a las seis.

De golpe algo se abre delante de cada cual. Ahora mucha gente se encuentra con los otros, y confían mutuamente. Ahora de golpe se reconocen en su mutua determinación. Es posible hacer algo.

Los días sucesivos no ha hecho sino aumentar geométricamente el número de personas y la energía. El martes una marea humana desbordó un muro de furgonetas de la policía y cortó, de todas maneras, Francisco Silvela. A mi lado una mujer muy mayor, con su bastón, sus pendientes de perlas, su bolso de marca y un hilo de voz, no se movió de delante de los policías que trataban de impedir que eso sucediera. No dejó de gritar tanto como podía: “¡Sa-ni-dad pública! ¡La Princesa no se cierra!”

“Sí se puede.”

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5 respuestas a La Princesa y La Nada (carta de amor a La Princesa)

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