¿A las barricadas?

communeEl sufragio universal había existido ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el gobierno de Bonaparte. Y después de la Comuna (de París) no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España todos los partidos serios de oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver el derecho de sufragio como una añagaza, un instrumento de engaño en manos del gobierno. En Alemania no ocurrió así. […]

Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra esas mismas instituciones. […]

Y así se dio el caso que la burguesía y el gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.

Pues también en este terreno habían cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha. La rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.

No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores rarezas. Pero es verdad que también los insurrectos habían contado muy rara vez con esta victoria. Lo único que perseguían era hacer flaquear a las tropas mediante factores morales que en la lucha entre los ejércitos de dos países beligerantes no entran nunca en juego, o entran en un grado mucho menor. Si se consigue este objetivo, la tropa no responde, o los que la mandan pierden la cabeza; y la insurrección vence. Si no se consigue, incluso cuando las tropas sean inferiores en número, se impone la ventaja del mejor armamento y de la instrucción, de la unidad de dirección, del empleo d ellas fuerzas con arreglo a un plan y de la disciplina. Lo más a lo que puede llegar la insurrección en una acción verdaderamente táctica es a levantar y defender una sola barricada con sujeción a todas las reglas del arte. Apoyo mutuo, organización y empleo d ellas reservas, en una palabra, la cooperación y la trabazón de los distintos destacamentos, indispensable ya para la defensa de un barrio y no digamos de una gran ciudad entera, solo se pueden conseguir de un modo muy defectuoso y, en la mayoría de los casos, no se pueden conseguir de ningún modo. De la concentración de las fuerzas en un punto decisivo, no cabe ni hablar. Así, la defensa pasiva es la forma predominante de la lucha; la ofensiva se producirá a duras penas, aquí o allá, siempre excepcionalmente, en salidas y ataques de flanco esporádicos, pero, en regla general, se limitará a la ocupación de las posiciones abandonadas por las tropas en retirada. A esto hay que añadir que las tropas disponen de artillería y de fuerzas de ingenieros bien equipadas e instruidas, medios de lucha de que los insurgentes carecen por completo casi siempre. Por eso no hay que maravillarse de que hasta las luchas de barricadas libradas con el mayor heroísmo-las de París en junio de 1848, las de Viena en octubre del mismo año y las de Dresde en mayo de 1849-, terminasen con la derrota de la insurrección, tan pronto como los jefes atacantes, a quienes no frenaba ningún miramiento político, obraron ateniéndose a puntos de vista puramente militares y sus soldados les permanecieron fieles.

Los numerosos éxitos conseguidos por los insurrectos hasta 1848 se deben a múltiple causas. En París, en julio de 1830 y en febrero de 1848, como en la mayoría de las luchas callejeras en España, entre los insurrectos y las tropas se interponía una guardia cívica, que, o se ponía directamente del lado de la insurrección o bien, con su actitud tibia e indecisa, hacía vacilar asimismo a las tropas y, por añadidura suministraba armas a la insurrección. Allí donde esta guardia cívica se colocaba desde el primer momento frente a la insurrección, como ocurrió en París en junio de 1848, ésta era vencida. En Berlín, en 1848, venció el pueblo, en parte por los considerables refuerzos recibidos durante la noche del 18 y la mañana del 19, en parte a causa del agotamiento y del mal avituallamiento de las tropas y en parte, finalmente, por la acción paralizadora de las órdenes del mando. Pero en todos los casos se alcanzó la victoria porque no respondieron las tropas, porque al mando le faltó decisión o porque se encontró con las manos atadas.

Por tanto, hasta en la época clásica de las luchas de calles, la barricada tenía más eficacia moral que material. Era un medio para quebrantar la firmeza de las tropas. Si se sostenía hasta la consecución de este objetivo, se alcanzaba la victoria; si no, venía la derrota. Este es el aspecto principal de la cuestión y no hay que perderlo de vista tampoco cuando se investiguen las posibilidades de las luchas callejeras que se puedan presentar en el futuro.

Por lo demás, las posibilidades eran ya en 1849 bastante escasas. La burguesía se había colocado en todas partes al lado de los gobiernos, los representantes de “la cultura y la propiedad” saludaban y obsequiaban a las tropas enviadas contra las insurrecciones. La barricada había perdido su encanto; el soldado ya no veía detrás de ella al “pueblo”, sino a rebeldes, a agitadores, a saqueadores, a partidarios del reparto, a la hez de la sociedad; con el tiempo, el oficial se había ido entrenando en las formas tácticas de la lucha de calles: ya no se lanzaba de frente y a pecho descubierto hacia el parapeto improvisado, sino que lo flanqueaba a través de huertas, de patios, de casas. Y, con alguna pericia, esto se conseguía ahora en el noventa por ciento de los casos.

Además, desde entonces han cambiado muchísimas cosas, y todas a favor de las tropas. Si las grandes ciudades han crecido considerablemente, todavía han crecido más los ejércitos. París y Berlín no se han cuadriplicado desde 1848, pero sus guarniciones se han elevado a más del cuádruplo. Por medio de los ferrocarriles, estas guarniciones pueden duplicarse y más que duplicarse en 24 horas., y en 48 horas convertirse en ejércitos formidables. El armamento de estas tropas, tan enormemente acrecentadas, es hoy incomparablemente más eficaz. En 1848 llevaban el fusil liso de percusión y antecarga; hoy llevan el fusil de repetición, de retrocarga y pequeño calibre, que tiene cuatro veces más alcance, diez veces más precisión y diez veces más rapidez de tiro que aquél. Entonces disponían de las granadas macizas y los botes de metralla de la artillería, de efecto relativamente débil; hoy, de las granadas de percusión, una de las cuales basta para hacer añicos la mejor barricada. Entonces se empleaba la piqueta de los zapadores para romper las medianerías hoy se emplean los cartuchos de dinamita.

En cambio, del lado de los insurrectos todas las condiciones han empeorado. Una insurrección con la que simpaticen todas las capas del pueblo, se da ya difícilmente; en la lucha de clases probablemente ya nunca se agruparán las clases medias en torno al proletariado de un modo tan exclusivo , que el partido de la reacción que se congrega en torno a la burguesía constituya en comparación con aquellas una minoría insignificante. El “pueblo” aparecerá, pues, siempre dividido, con lo cual faltará una formidable palanca, que en 1848 fue de una eficacia extrema. Y cuantos más soldados licenciados se pongan del lado de los insurgentes más difícil se hará equiparlos de armamento. Las escopetas de caza y las carabinas de lujo de las armerías-aun suponiendo que, por orden de la policía, no se inutilizasen de antemano quitándoles una pieza del cerrojo- no se pueden comparar ni remotamente, incluso para la lucha desde cerca, con el fusil de repetición del soldado. Hasta 1848 era posible fabricarse la munición necesaria con pólvora y plomo; hoy, cada fusil requiere un cartucho distinto y sólo en un punto coinciden todos; en que son un producto complicado de la gran industria y no pueden, por consiguiente, improvisarse; por tanto, la mayoría de los fusiles son inútiles si no se tiene la munición adecuada para ellos. […]

Por tanto una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables. […]

¿Comprende el lector, ahora, por qué los poderes imperantes nos quieren llevar a todo trance allí donde disparan los fusiles y dan tajos los sables? ¿Por qué hoy nos acusan de cobardía porque no nos lanzamos sin más a la calle, donde de antemano sabemos que nos aguarda la derrota? ¿Por qué nos suplican tan encarecidamente que juguemos, al fin, a ser carne de cañón?

Londres, 6 de marzo de 1895.

F. Engels

(Prólogo a “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850).

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