Al borde del Pozo

47 días llevan encerrados tres mineros en el Pozo Santiago. No puede bajar nadie a verlos, ni siquiera su familia. Me lo explican: esto no es jauja, es una protesta seria. Y es verdad que están todos muy serios. Hoy, como cada martes y cada sábado, hay asamblea enfrente del pozo. Colocan unos altavoces gigantes y, mientras esperamos que empiece, suena un cantautor asturiano que no es Víctor Manuel. Entre 200 y 300 personas escuchamos a un dirigente del SOMA, sindicato minero ligado a UGT. Recuerda a los compañeros encerrados y a los que están marchando a Madrid, tarda un minuto y medio en decir cojones dos veces, dice radical hasta siete veces, y sugiere que las cosas no se van a solucionar levantando solamente las manos; habla de la batalla campal que hubo aquí el viernes, qué valientes, los policías, dice, valientes hijos de puta, y todo el mundo aplaude. Termina de hablar, y la gente empieza a irse. ¿Ya ha terminado?, pregunto, ¿no habla nadie más en esta asamblea? Bueno, más que una asamblea, es una concentración de apoyo, me dicen, y ya me quedo más tranquilo. A las tres de la madrugada salen, de aquí mismo, autobuses para unirse a la manifestación de Madrid de mañana. Dicen que ya están todas las plazas cubiertas.

Quedan aquí y allá algunos grupitos que hablan, sobre todo, de lo que pasó el viernes. Tenías que haber estado aquí entonces, me dice un joven. Era la tercera vez que los mineros cortaban esta carretera, pero nunca la policía había actuado con tanta saña. No abrieron inmediatamenta la carretera a la circulación, porque ese no era el objetivo, sino detener a cuanta más gente, mejor, para que sirviera de escarmiento, me dice un paisano: pero habla con ese de la camisa a rayas, que estuvo en la cárcel 72 horas. Así hago, y me cuenta que él ya está jubilado, y que andaba por la calle cuando le detuvieron, que él tuvo más suerte, pero que a uno le pisaron la cabeza, y a otro les dieron con un casco hasta hacerle una brecha, y que, cuando estaba ya metido en el coche, iba escuchando por la radio de la policía cómo se apostaban a ver cual de los tres equipos detenía a más gente: Galicia, Andalucía o Cataluña. Al parecer, habían traído antidisturbios de estas tres regiones, porque a los asturianos no les gustaba tanto eso de pegar a sus vecinos o familiares. Poco a poco, se van yendo todos. El último en irse es el sindicalista que habló antes. Muchos se acercan a él y le dicen algo: ¿qué va a pasar mañana en Madrid?, si llegas más arriba, no te olvides de dónde vienes, ¡eh!, acuérdate de lo que hablamos el otro día… Una familia le reclama, un tanta apurada, a ver qué se puede hacer con uno de los detenidos del viernes, que solo tiene un abogado de oficio. Él hace un par de llamadas y les tranquiliza: no os preocupéis, de él se va a encargar el abogado del sindicato.

Antes decía que él fue último en irse, pero en realidad fuí yo, que andaba sentado en un bordillo curioseando un poco.  Cuando echo un último vistazo, veo en un torreón de hierro a alguien colgado con una cuerda al cuello balanceándose. Un sustazo, pero no es más que un muñeco igualito a Rajoy. Queda el ruido de un generador, y los tres mineros encerrados abajo.

P.D: Tomando un café en el bar de enfrente del pozo, se me ocurre preguntarle a la camarera cómo fue cuando entraron los antidisturbios y detuvieron a todos los que estaban tomando algo allí. Eso nunca pasó, me responde. Le digo que lo leí en un periódico, y ella me responde que ya lo sabe, que está harta de manipulación:

– Mira, una vez llegué a llamar a un periodista de La Razón, y le dije, uno por uno, todos los puntos en los que había mentido, incluso poniendo palabras que no habíamos dicho, y al final me tuvo que reconocer que en este tema hay censura, que eran órdenes de arriba. El viernes, efectivamente, intentó entrar la policía al bar para detener a gente, pero nosotros cerramos y echamos la reja para que no les detuvieran. Se subieron por el tejado, incluso uno llegó a romper la ventana a través de la reja, de pura rabia por no poder entrar. Los cinco detenidos ni siquieran habían hecho nada, pero cómo no pudieron coger a los otros, detuvieron a los que pillaron por la calle. Y van por ahí rajando las ruedas de los coches de los vecinos, eso no lo dicen los medios. Y tiraron gases lacrimógenos al pozo donde están encerrados los tres mineros para ahogarles. Entraron con permiso de la presidenta de Hunosa, de la que también habría mucho qué hablar. Hay muchas mentiras. Que si todos los mineros cobran 3.000 euros, mira esta nómina (me enseña la de un minero prejubilado que se queda en 935 euros). Los hay que cobran 3.000 euros, yo no digo que no, pero son los que abren las bocas de una mina, los que más se juegan la vida. Yo no sé qué va a pasar, lo veo muy negro, ¿dónde está el dinero que debía ir para la reconversión? Se ha llegado incluso a crear empresas para conseguir subvenciones, y cuando se han cobrado, se ha hecho un ERE, y todos a la calle. ¿Y ahora qué vamos a hacer? Aquí todos vivimos de la minería: este bar vive de la minería, las carreteras se han hecho con fondos mineros, incluso hay farolas de Oviedo que vienen de ahí. En los últimos años se ha acabado con la ganadería y los astilleros, y con este clima de lluvia y frío hasta en verano, ¿cómo vamos a competir en turismo? Lo veo negro, pero que muy negro.

(Mientras ella me hablaba, me iba poniendo vídeos de Youtube de los enfrentamientos con la policía en la televisión grande del bar. Los paisanos se reconocían en ellos, se reían y fanfarroneaban. A uno le llegué a escuchar: vamos a caer igual, pero que no digan que no lo luchamos).

 

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