Símbolos, etiquetas y terrenos de juego. Llamada a la pausa en momentos de euforia

El valor de lo simbólico es innegable para la realidad humana. Para empezar, y como ejemplo más inmediato, la comunicación acontece mediante símbolos, pues gracias a que somos capaces de acordar elementos concretos para referirnos a realidades difusas y cambiantes nos es posible trascender la inmediatez del mero señalar con el dedo.

Como acción humana, toda revolución es también de naturaleza simbólica. No sólo en tanto que acto comunicativo, sino también, y especialmente, en los términos tradicionales de generadora de nuevos símbolos (banderas, consignas, hashtags), y negadora otros viejos (poderes fácticos, mensajes manidos, racionalizaciones y justificaciones del estado de cosas). Podríamos decir de algún modo que la revolución trata de romper con realidades caducas para proponer otras nuevas. Y esta propuesta se articula en lo simbólico.

Lo simbólico es, por tanto, necesariamente, nuestro terreno de juego. Tratamos de construir nuevas metáforas para rechazar el actual estado de cosas y dibujar nuevos imaginarios alternativos; esquemas regulativos de la realidad que debería ser y que no es.

Sin embargo, el símbolo es a la vez traidor: tan pronto como te relajas, inocentemente corres el riego de creer que lo que dices y lo que es son lo mismo. Y, necesariamente, todos nos relajamos en algún momento. Resulta agotador estar permanentemente en guardia. Ante esta cuestión, cabe preguntarse: ¿nos estamos relajando? ¿Hemos dejado de imaginarnos?

La sensación tras el primer aniversario y las nuevas acciones colectivas es la de una recuperación de una identidad que, tras las primeras semanas de la primavera pasada, había permanecido latente. Por diversas cuestiones, el pensamiento y la acción habían devenido atomizadas, madurando de una manera particular y, en ocasiones, casi privada; siguiendo ritmos y caminos propios. Salir de nuevo a la calle a celebrarnos hizo que, de nuevo, nos mirásemos a los ojos para sabernos como parte de un todo.

Tras algo más de un año de madurez, y siguiendo rutas diversas y alternativas, hemos conseguido con esfuerzo generar una identidad propia. Avanzamos otra vez en compañía, arropados y valiéndonos de la inteligencia colectiva y del calor que nos damos. Haciendo orgulloso alarde de lo que somos, hemos demostrado capacidad para evadir las dialécticas del miedo y afrontar los retos que los poderes nos proponen. Sin embargo, y pese a la euforia del momento, detengámonos a pensar: ¿no tenemos la sensación de que transitamos por caminos ya andados?

Los escenarios de acción que proponemos son los de antaño. Aun con nuevos recursos, volvemos a las manifestaciones, consignas, protestas, caceroladas… señalando poderes fácticos concretos y denunciando realidades puntuales. Sin llegar a situar en primer plano la lógica perversa de la situación que vivimos, no logramos trascender los símbolos y ficciones que nos proponen. Simplemente los aceptamos y los criticamos.

Seguimos siendo reactivos; vamos tras la prima de riesgo, los rescates, la banca, los corruptos, los recortes… Aceptamos los escenarios y símbolos que nos proponen para intervenir sobre ellos. Desde luego que la situación es urgente, pero… ¿no estaremos cayendo en la trampa que proponen?

Por otra parte, hemos de reconocer que nuestra identidad, construida a base de esfuerzo, hace que nos reconozcamos… pero también propone un espacio simbólico para que nos reconozcan. Saber quienes somos es importante para identificar aquello que nos une como el 99% y no perdernos en intereses particulares, luchas regionales o activismos personales. Pero cosificar esa identidad colectiva permite a la vez que el 1% pueda nombrarnos, conocernos y esperarnos.

Hemos de tener presente que el símbolo simboliza si hay acuerdo entre las dos partes. En este sentido el riesgo es doble. Por una parte, aceptar lo que somos sin potenciar nuestra volatilidad, inesperabilidad y capacidad para imaginarnos nos hace previsibles y manipulables. Por otra parte, ejercer la acción crítica sobre elementos fácticos dota de realidad a las ficciones que nos atemorizan y estrangulan. Si perseguimos los fantasmas generados aposta para dominarnos, sólo provocaremos que esos fantasmas existan. Y si, además de aceptar su falaz y contingente existencia, los pretendemos exterminar permaneciendo en una identidad estática y reconocible, ésta se vuelve etiqueta con la que manejarnos y reducirnos a cliché.

La capacidad de reinvención de nuestras formas simbólicas fue originalmente aquello que nos definió, permitió reconocernos como el 99% y nos invitó a salir a la calle todos a una para negar una realidad a todas luces injusta. Hagámosla fuerte de nuevo para rechazar su propuesta y establecer las reglas del juego. Demos un paso más: sigamos nuestro propio camino, y cuando nos preguntemos qué hacer, recordemos que pensar es también actuar. No debemos valernos de códigos prestados, sean de quienes sean. Reconozcamos que no basta con indignarnos y tomémonos unos segundos para imaginarnos.

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