Crónica de un rescate

Es sólo un episodio.

Pon que es un Madrid imposible de principios de siglo. Supón que las cosas no van tan bien como para no hacer una cacerolada. Supón que la prima de riesgo por encima de 500 puntos es la señal, la cuerna de elefante a cuya llamada exigirán más carne. Más carne de cañón. Supongamos que por entonces se instaló una gran tubería en el corazón del país por la cual saldría toda la riqueza, material e inmaterial. Los ahorros de la gente y sus deudas, la educación y la sanidad públicas, las pensiones y nuestra solidaridad.

Supongamos que hacemos una cacerolada, o su convocatoria. Porque a las 20h no hay nadie en la plaza. Excepto la policía. Doce polis entran en la plaza como centuriones romanos comandados por un cuadro que les da instrucciones y guía en punta de flecha. Piden la documentación a cuatro señores que charlan tranquilamente. Ningún distintivo, ninguna pancarta, ningún perro y ninguna flauta, salvo, quizás, una chapita en la solapa de uno donde se lee 15M. “Pedir la documentación” en el Madrid de estos días es un eufemismo, en realidad quiere decir multa, en realidad quiere decir robo, delito, represión, algo así. Cada vez que te piden la documentación te llega una multa por resistencia a la autoridad, desordenes y no sé cuántas cosas más. El hombre pregunta si se ha declarado un estado de excepción, dice que paga impuestos y que qué está haciendo. El mando escoltado del escuadrón le explica que o se marchan o van detenidos. Detenidos, me los imagino bien a esos cuatro hombres con sus bigotes blancos, sus camisas, su asombro, su jubilación y sus nietos. Detenidos por pegar la hebra, por desear una cacerolada que no existía. Por disentir por lo bajo.

Empezamos a mandar sms y whatsapps y twitter y esas cosas que sabemos hacer tan bien y que son nuestra llamada a la tribu, nuestra cuerna de rescate, nuestra tecnología de insecto social, de enjambre, de gentes hostigadas, de pueblo maltratado. Sabemos como los animales sociales, como los okapis en la sabana, como todos los animales desarmados y que no saben cazar sino ser cazados, que sólo nos podemos defender siendo muchos, cuidándonos entre todos. En muy pocos minutos y mientras aún identifican al primer grupo y siguen con más gente, nos miramos, nos reconocemos, nos damos cuenta de que ya somos unos cuantos, les rodeamos. Y esto es la valentía de los corderos, muy poca porque la cosa consiste en que desenfundamos nuestras cacerolas, nuestros silbatos y nuestras llaves y nos ponemos a hacer ruido, mucho ruido, con todo el alma contra esos policías disfrazados de militares, para que no se oigan, para que no se puedan ni hablar. Y llegan muchos más de los nuestros al rescate, muchos cualquieras, y estás-son-nuestras-armas y sí-se-puede y vergüenza estruendosos entre caceroleo. Y esos agentes que se dedican a identificar a gentes que hablan y que se preguntan y que se cuidan y que desean una sociedad más razonable y más justa se tienen que replegar y juntar entre ellos para recibir el chaparrón de decibelios, ya sólo se pueden mirar porque no se oyen y porque ya somos quizás un centenar, que no cabe prisionero en su furgón y tenemos muchos streamings y vídeos y cámaras, esas armas silenciosas de sencillo poder civil.

El mando da la orden y se retiran, se desincrustan del enjambre y un fortísimo ¡sí-se-puede, sí-se-puede! rompe la plaza. Es la primera victoria de una noche eléctrica. Era imprescindible nuestra cacerolada, el mundo no podía seguir sin ella ni un minuto más, o eso es exactamente lo que yo sentí. Es necesario que pudiéramos poder, que pudiéramos hacer mucho ruido en la calle, algo remoto y sencillo, casi como la gracia, como el derecho al pataleo o a la última voluntad, porque lo que suena son las cuernas de nuestro propio desahucio.

La intensidad se mantiene altísima y a la cacerolada se han unido ya varios centenares. La cosa está tensa, potente y animada, así que eo-eo-eo-nos-vamos-de-paseo, y caña-caña-caña-al-banco-de-españa. Y eso hacemos saliendo en alegre algarabía de la Puerta del Sol y hacia Alcalá, felices otra vez por volver a estar en marcha, por saber hacer, por hablarnos a nosotros y, sobre todo, por volver a desordenar el orden, la maldita normalidad esa que acabará por tragársenos a todos.

Nos acompañan focos, algunas cámaras, algunos periodistas que por lo general cobran también cuanto hay reparto de raciones, así que son más bien “compas periodistas”. Ahora ya pillamos todos.

Hay mucha energía, alegría desbordada que se topa con un murallón automático de luces azules, lecheras y soldados blindados con cascos, petos y toda esa vaina. No podemos continuar, no podremos llegar al Banco de España. Nos cae de nuevo una amenaza policial por andar caceroleando por las calles. Estas-son-nuestras-armas, ellos además de porras llevan una pistola al cinto. Siempre es potente el contraste. Algunos hacen intento de sentarse, optamos por el paseo para no subir muchos grados la tensión entre ellos y nosotros y que sentarse no sea un órdago, nos damos la vuelta más de quinientos caceroleros y enfilamos hacia Sol. De nuevo cae al fondo como un cortinón metálico otra muralla policial en un gesto histérico de lecheras a toda velocidad y polis corriendo, como si algo grave estuviera pasando, como si hubiera que actuar de inmediato y con semejante despliegue militar. Pienso que a lo mejor en las guerras somos buenísimos y ganamos siempre. Lo descarto en seguida.

Es lo que parece. O más bien no, es lo imposible que nos cuesta reconocer. En realidad en mi retina sólo tengo alguna imagen chilena como referencia, así que no sé qué es lo que parecen quinientas personas encerradas por polis armados y pertrechados hasta los dientes entre furgones policiales. Personas que no tiran ni una lata, que por no hacer ni siquiera insultan. Encerrados, el sol aún ilumina las cosas, anochece muy tarde y es casi peor. Acojona mucho más que eso esté pasando de día.

Qué significa estar entre todos esos policías, en ese corralito. ¿Qué me quiere decir quién?, ¿el Estado? ¿Cómo leo esa realidad? Sé que la mayoría de los que estamos allí albergamos un reflejo por el cual ante una situación de evidente peligro físico como aquella, de evidente consumación de una delito como aquel, ante unos tipos armados que amenazan y que no nos permiten movernos… llamaríamos a la policía. El problema es que esta vez el peligro es la policía. Me digo que todo ha cambiado mucho muy rápidamente. Los tres días anteriores hemos estado huyendo, huyendo como en las películas, huyendo como del verbo huir en la RAE, huyendo por Madrid de la policía, de su violencia y de sus identificaciones. Digamos que el criterio por el que éramos todo el rato y durante toda la noche blanco de las luces azules que no dejaban de aparecer por todos lados, el criterio era no estar borracho, no mear en la calle a las cuatro de la mañana, no ser guiri, no estar molestando a los vecinos, no gritar a las chicas, no tirar cubos de basura y latas de cerveza por el suelo, no perder el equilibrio. Los grupos de gente sobria que charla éramos nosotros, perfectamente reconocibles en la calle San Bernardo o en los aledaños de Huertas y hasta Lavapiés. Todo ha ido muy deprisa. Yo tampoco me lo creería si sólo lo hubiera leído.

Atrapados entre policías. Muchos ya hemos estado en corralitos este finde de 12M15M, de aniversario de lo nuestro. Muchos ya hemos intentado hablar con ellos, bastantes veces. Muchos ya hemos comprobado qué pasa si te acercas mucho o si les pides el número de placa o si les regañas. He visto dos puñetazos en las caras de dos compañeras, o cómo al azar entresacaban a alguno del grupo agarrándole súbitamente del cuello y pisoteándole y esposándole, para el furgón, presos dos días. Así que la gente tiene un miedo muy real, hay angustia que se mantiene y crece en los rostros porque se mantiene el cerco, un cerco masivo en el corazón de la cuidad, con la última luz del día en una avenida como la calle Alcalá. Todo apunta a la excepción.

Nos buscamos y algunos amigos se han quedado fuera, no están. Nos comunicamos mucho, como siempre, una ola de mensajes de redes sociales y llamadas salen del cerco por el aire. Una gran columna de humo sale de allí llamando a rebato, llamando a los compañeros de la ciudad, a la gente en general. #Ahoraonunca, #rescateciudadano, #rescate caerolada500. Dentro hacemos asamblea, es lo mejor que sabemos hacer, y si nos van a detener que sea así, hablándonos, escuchándonos. Eso rebaja la tensión… excepto si alguien toma la palabra y nos explica lo que tenemos que hacer para protegernos, para agarrarnos, para ocultar los pulgares y que no te los rompan, para acostarte sobre el costado derecho porque ahí está el hígado, para cubrirte la cabeza, etc. Miedo en la asamblea, no estamos seguros de que eso nos haya tranquilizado.

Una persona es la única que está junto a los polis de una de las dos barreras. La barrera se ha ido acercando hasta estrechar mucho el corralito. Cada paso marcial y sincronizado que daban hacia nosotros yo oía una cuenta atrás en mi cabeza: 2012, 2011, 2010… hasta llegar a 1975, momento en que tendría a un poli encima. La persona que habla tranquilísima con un mando entre los polis es Tatiana. Una mujer búlgara, psicóloga de profesión, su casa fue el primer desahucio que se paró desde el 15M. Desde entonces está en la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y en las cosas 15M en general. Una algarabía muy parecida a la de este día impidió por varias veces que otros policías permitieran a un testaferro sacar de su casa a su familia. Fue el primer caso además en que el banco, casi un año más tarde, concedió el alquiler social y dación en pago. Tremendo éxito de gentes en zapatillas, mucha energía satisfecha. Tatiana hace de psicóloga en la PAH con los casos que van llegando de personas francamente desesperadas y rotas. Y ahora hace de mediadora o algo así con el mando policial. Supongo que podría irse, salir de allí como si aquello no fuera con ella, porque el mando habla con ella con naturalidad, como si no estuvieran allí ni el uno ni las otra, como si no fueran lo que son.

En el silencio del intento de asamblea, para poder escuchar a alguien que se desgañita entre tanta gente, irrumpe un primer grito como una ola de tsunami que recibimos prácticamente con lágrimas en los ojos. Un majestuoso ¡no-estáis-sol@s! llega como una tromba de agua desde el otro lado de la doble fila de lecheras y soldados. Un grito que sólo puede emitir un montón de gente junta, un grito de mucha más gente que los que estamos dentro. Un grito de los únicos que nos pueden sacar de allí (por nuestro propio pie, se entiende), un grito de nosotros viniendo a por nosotros, o sea, de la gente. Emoción.

La ola de la red ha vuelto a funcionar, la vibración emitida ha llegado a donde estuviera cada uno y han bajado de sus casas, han salido del teatro donde estaban otros, un compa ha llegado desde Aranjuez, y así. Ahora eran ellos los que estaban rodeados, rodeadísimos. Eso es lo que empezarían a sentir esos policías jóvenes enfundados en sus cascos, eso es lo que vería el maldito helicóptero que nunca cesa, que siempre está sobre nuestras cabezas metiendo un ruido infernal y creando un escenario acústico prebélico del que nadie se puede librar. Un helicóptero sobre nosotros con luces, que enerva constantemente el centro de la ciudad es una maldita excepción. Un amigo que ha visitado Palestina dice que no se quita de la cabeza los helicópteros israelíes. Yo a ratos pienso cosas así.

Un amigo grita entre risas ¡estáis rodeados, soltad las armas! Otro les ofrece una última oportunidad: nos vamos de cañas y aquí no ha pasado nada. Cañas a la una, cañas a las dos… Bendita risa. Risa contra el miedo, risa que disuelve la angustia y dice verdades y encara la violencia. Bendita risa.

Desde el helicóptero alguien observa la situación en Delegación del Gobierno. Los ciudadanos retenidos, secuestrados en medio de la ciudad, por lo visto obligados a identificarse, yo ni siquiera soy consciente, no voy a ir a preguntar a esos policías qué se espera de mí, porque ya lo he hecho en los días anteriores varias veces y todo ha ido muy mal y me han identificado dos veces antes de rechistar y a ratos piden identificación y a ratos simplemente mantienen un corralito, para asustar a los encerrados, para mantener una posición de fuerza, para provocar y poder soltar algún guantazo más de los que van cayendo. Para inocular miedo.

Desde Delegación alguien ve lo que el resto del planeta ya puede ver gracias al milagro de las redes y del mundo que hemos construido pacientemente y que nos mantiene profundamente conectados. Cada uno sabe a quién y a dónde ir enviando los vídeos, las fotos y los mensajes. Sabemos muy bien hacer red y manejar nuestra voz. Supongo que la delegada del gobierno o un mando policial ve lo que hay. Ahora la gente que canta y grita y levanta sus armas de cinco dedos ha rodeado a la policía. A Tatiana el mando en la plaza le dice que esperan órdenes para saber si nos pueden liberar sin identificar si luego nos disolvemos. Tatiana nos lo cuenta a la asamblea. Gran alborozo, muchas manos arriba.

Durante más de una interminable hora las luces azules de las furgonetas han iluminado caras más que preocupadas, y por fin, algo que para muchos ha llegado a ser muy angustioso toca a su fin, los polis empiezan a meterse en sus lecheras y éstas empiezan a moverse para abrir paso, para dejar pasar el caudal desbordado de energía que va a abrazarse ahora entre un lado y el otro del cerco. La imagen es perfectamente alemana, somos gentes vestidas como sólo la gente al azar se viste, como aquellos alemanes que tiraban y veían caer el muro. Salimos agarrados para que no se nos pierda ninguno, para seguir juntos, para que no detengan a nadie por detrás. ¡Sí-se-puede! con las manos en alto. No se puede gritar más fuerte. Nos vamos a dar un abrazo muy fuerte porque nos hemos cuidado, porque hemos tumbado el absurdo y hemos arrostrado la violencia de un encierro como sabemos, con nuestra red de redes, con nuestros saberes comunicados, con nuestra inteligencia colectiva, con nuestra voluntad de estar en esto, de remar para cambiar las cosas, de hacerlo juntos.

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6 respuestas a Crónica de un rescate

  1. unamás dijo:

    Incluso leyéndote revivo las sensaciones de ese encierro y, también lo hacen los pelos de mis brazos. Les ganamos, otra vez, con la fuerza de la razón y la razón de las personas.

  2. Sara dijo:

    La victoria de la calma, del saber que somos muchas y estamos juntas, de la convicción de que nuestros actos son desobeciencia legítima. Yo me dí cuenta de algo estando en ese corralito: el terrorismo de estado no puede con un colectivo que no tiene miedo. Yo, sola, considerada en mi individualidad sí pasé miedo. Pero yo, con los demás, no tenía miedo. A mi alrededor, fuera del cordón, a través de la red, eramos tantos y tantas que no teníamos miedo ninguno. Juntas no tenemos miedo. Solo juntos y juntas es como se puede. Por este camino es por donde nos damos la legitimidad que tenemos como ciudadanos libres. En definitiva, por este camino nos hacemos cargo, nos hacemos responsables, del poder que tenemos en nuestras manos.

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  5. Anónimo dijo:

    El Gobierno rescata a los bancos. El 15-M a los ciudadanos.
    Juntos pase lo que pase, y hasta el final.

  6. Es un relato muy bien narado, parece una novela de Agatha Christie. Se trasmite muy bien el miedo, la angustia que sentiste rodeados por los policias y el alivio ,la alegria, el sentimientos de victoria cuanto llegaron los amigos rodeando así al cordón policial. Tengo mucha fe en vosotros y estoy segura que vais a conseguir vuestra meta. Tenei todo mi apoyo.

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