12 de Mayo de 2012. La Re-Pública del 99%

“Hijo mío, no es que no quiera contártelo, es que, por mucho que lo intente, siempre va a ser un relato traicionado. Mi voz no podrá nunca hacerte llegar las miles de voces que éramos. Habrás visto ya las imágenes y te habrás estremecido al verlas…

Eramos miles, miles de personas, hijo. Miles de personas unidas por un grito de dignidad  por nuestras vidas. Porque, aquellos que dependían de nosotros, de nuestros votos, de nuestro dinero, de nuestro trabajo; aquellos que, sin nosotros, no son nada, nos habían perdido todo respeto. En su delirio, habían creído que podían vivir sin nosotros, que el mundo era ya solamente suyo. Se nos trataba de modo indigno y todos dijimos: ¡ Basta!.

Ya te conté qué había sucedido el año anterior. Los poderes habían enloquecido, se habían apropiado del mundo y lo usaban a su servicio. Los estados cedían nuestro dinero para evitar la quiebra de los poderes financieros que, a su vez, atacaban a esos mismos estados pidiéndoles cada vez más; el mundo entero era expoliado sin miramientos, no solamente los recursos, también las vidas de los que habitábamos en él. Todos los derechos de las personas estaban en suspenso, todos: el derecho al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación, a tomar la palabra, a protestar por lo que estaba ocurriendo. Todos estaban en manos de aquellos que solo pensaban en enriquecerse más y más, en acumular más y más poder ¿poder de qué y para qué?.

Los políticos, que debían estar de nuestro lado, se convertían en los ejecutores del daño. Cambiaban incluso las leyes de un día para otro, de modo que la diferencia entre lo legal y lo ilegal empezaba a enloquecer también. El primer año habíamos salido a la calle indignados por la corrupción, por los abusos cometidos por las élites políticas y financieras, totalmente aisladas y abismadas de lo que sucedía en la calle. El primer año, lanzamos un estruendoso grito: ¡Somos personas, no somos mercancías! Ese año, ese grito, sirvió para romper los muros de aislamiento, de soledad y de impotencia en que vivíamos, en los que nos sentíamos ahogados. Atravesamos esa impotencia al encontrarnos. A partir de ahí, nos dimos cuenta de dos cosas: teníamos muchas cosas que aprender, y teníamos mucho que hacer para construir espacios de ayuda mutua ante los problemas que nos afectaban. A eso dedicamos un año entero. Un año aprendiendo, tratando de comprender por qué y cómo se había llegado a esa situación, tratando de ensayar formas de protegernos ante la intemperie en que se nos obligaba a vivir.

Fue curioso ver cómo una sociedad obsesionada por hacerlo todo visible, por convertirlo todo en una imagen que pudiera ser capturada, no supo reaccionar ante la invisibilidad. Como no nos veían, no existíamos. Como eramos anónimos, no podían nombrarnos. Eso nos dio un enorme margen de libertad. Dedicamos todo un año a tejer y construir esos lazos. Así que, cuando volvimos a reunirnos un año después, todo había cambiado. Ya no se trataba de gritar de indignación sino de construir un espacio de dignidad. Ni siquiera nosotros mismos nos habíamos dado cuenta de todo lo que había pasado ese año. Nuestro cambio era subterráneo, nos habíamos apropiado de un tiempo, un ritmo, un modo de tejer relaciones, que pertenecía ya a otra manera de habitar el mundo. Así que, el reunirnos, ni siquiera tenia más finalidad que volver a encontramos. No se trataba de conseguir un objetivo. Habíamos abandonado ya aquellas lógicas con que se nos gobernaba. Aquellas lógicas que hacían que todo lo tuviésemos que hacer para conseguir otra cosa; aquellas lógicas que hacían que las cosas perdiesen valor por sí mismas. Se trataba de encontrarnos para fortalecer lo que habíamos construido, contarlo, y que otros también se liberasen de aquel mundo inhabitable, se acercasen, y se sumasen. No nos dábamos cuenta entonces, pero había una extraña fuerza que funcionaba por contagio. Nos habíamos cansado ya de una manera de vivir que solo nos garantizaba amargura y angustia. Siempre compitiendo los unos contra los otros, siempre infelices por creer que la felicidad estaba en conseguir algo que no teníamos.

Te parecerá ahora una locura que viviésemos así, pero comprar y acumular cosas y ser más que los demás se había convertido en el objetivo de la vida. Te parecerá absurdo que creyésemos que eso era perseguir la felicidad cuando, de hecho, lo único que conseguíamos era acumular cada vez más angustia. Por eso lo que nos había sucedido, era un cambio mucho más profundo de lo que creíamos. No era solo decir basta a unos poderes corruptos, a un mal funcionamiento del sistema. Era decir basta a esas lógicas que construían y organizaban nuestras vidas y de las que el sistema se alimentaba. Era decir basta a vernos los unos a los otros como enemigos, era decir basta a que la vida se resumiese a comprar sensaciones efímeras, que nos sumían enseguida en el vacío. Al encontrarnos, habíamos dicho basta a todo eso.  Habíamos aprendido a relacionarnos de otro modo, a construir lo común de otro modo. Habíamos descubierto que no teníamos por qué competir más, que no teníamos por qué seguir tan angustiados, que la vida podía ser otra cosa. Esa apertura, esa manera de estar con los otros, de pronto, liberaba toda esa angustia. Se podía volver a sonreír. Así que, ese segundo año, nos reunimos para contarnos los unos a los otros, para enseñarnos lo que habíamos aprendido. Nuestra fuerza no era un revulsivo, sino que generaba una fuerza centrífuga. Cada vez más gente decía basta a aquel modo de vivir y se sumaba a construir otro. Era imparable. Se trataba de generar otro mundo aquí y ahora. Así fue como nos dimos cuenta de que, si partíamos de esa fuerza que construía, articulaba, contagiaba, incluía, atendía y cuidaba, cada vez éramos más.

Los poderes habían seguido enloqueciendo durante todo el año. Cada vez era más delirante lo que proponían. Las supuestas soluciones a los problemas generaban muchos más problemas. Era tan delirante que ellos mismos se contradecían de un día para otro. Empezaban a autodestruirse, a deslegitimarse por sí mismos.  Y ver que nos estábamos organizando les ponía cada vez más nerviosos.  Sin legitimidad, ya no hay poder.

Pero bueno, supongo que quieres que te cuente qué pasó el 12 de Mayo de 2012. Como te digo, volver a reunirnos era ya un fin en sí mismo, queríamos volver a estar juntos. El hecho de que no pidiésemos nada, que no apeláramos a aquellos poderes enloquecidos que seguían gobernando ya no se sabía para quién ni para qué, era, en si mismo, un acto de deslegitimación y desobediencia absoluta. Por eso estaban tan nerviosos. Nos reunimos para seguir fortaleciéndonos, para seguir construyendo, para seguir articulando. Así que, sin que nos hubiésemos dado cuenta, el cambio ya había sucedido.

Era difícil de ver en aquel momento, aunque no te lo parezca. Del mismo modo que era difícil ver que ya estábamos en una guerra. Hasta entonces, los territorios se conquistaban mediante guerras físicas, eran contiendas visibles y que se nombraban como tales. Era difícil ver que se estaba librando una verdadera guerra mundial que no se presentaba como tal. Pero lo era. Estábamos en una guerra financiera mundial en que no se trataba de conquistar el dominio sobre los territorios, sino conquistar el dominio sobre los flujos dinerarios. Ese dominio, atravesaba todos los territorios y, por tanto, las vidas de todos de un lado a otro del planeta. Era una manera aparentemente aséptica y no violenta de guerra. Tuvimos que aprender a renombrar qué era violencia para darnos cuenta de que estábamos en una guerra, una guerra que se libraba a nuestra costa. Solo cuando conseguimos darnos cuenta de eso, se hizo visible la enorme violencia que se estaba ejerciendo sobre nosotros. Era una violencia que había conseguido construir un cerco entorno a nuestro espacio vital. Un cerco del que no podíamos movernos, a penas unos metros cuadrados en los que vivir. Estabamos tan solos ante al mundo, cada cual en su pequeño espacio, en su impotencia y su soledad, que el único modo que la gente encontraba para escapar de esa violencia era violentarse a sí misma. Las víctimas de esas guerras monetarias eran cientos, miles de suicidios en todo el mundo. Suicidios producidos porque la gente no tenía modo de sobrevivir. Si te desconectas del flujo, estás muerto. Muerto y solo. Nos costó nombrarlo pero, cuando lo hicimos, nos dimos cuenta de otra cosa. Del mismo modo que la guerra era silenciosa e invisible, la revolución, el cambio, era también silencioso e invisible. Del mismo modo que no había una guerra como acontecimiento, tampoco habría una revolución como acontecimiento. Por eso aquel 12 de Mayo nos dimos cuenta de que el cambio había empezado ya y era imparable. Por eso nos dimos cuenta de que habitábamos ya, sin haberla nombrado hasta entonces, la República del 99%. Lo único que sucedió aquel día es que la nombramos y, al nombrarla, al gritarla todos juntos, los poderes estremecieron. Que el Rey abdicase aquel día, como ya lo hiciese su ancestro, no fue ninguna sorpresa para nadie.”

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6 respuestas a 12 de Mayo de 2012. La Re-Pública del 99%

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