Episodios atenienses

En vez de ir a Creta, llevamos una mierda gigante a la embajada de Alemania y acabamos todos en comisaría. Un grupo de alemanes, de Frankfurt, ha venido a Atenas para hacer unas cuantas acciones. La última de ellas era fabricar una enorme mierda de oro, clavarle un estandarte en forma de águila con cara de Angela Merkel, y ofrecérsela como regalo al señor embajador. La primera dificultad era bajarla de la azotea en la que se había construido sin que se cayera ni aplastara a nadie; la segunda, llevarla de procesión por toda la ciudad invadiendo carreteras sin que nos parasen; la tercera, conseguir depositarla en la puerta de la embajada y que nos recibiera el embajador con café y pastas. Conseguimos sortear las primeras dos y media, pero cuando esperábamos pacientemente al embajador, los que llegaron fueron varios coches de policía (uno incluso llegó a meterse con una metralleta dentro de la embajada) y nos llevaron con ellos. Allí se quedó la enorme mierda, los carteles de “Parad de enviar dinero” y de “Parad de salvar a los bancos” y, escrito en un cartón grande, el poema de Bertold Brecht:

Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre,
quitarte el pan,
no curarte una enfermedad,
meterte en una mala vivienda,
empujarte al suicidio,
torturarte hasta la muerte por medio del trabajo,
llevarte a la guerra, etcétera.

Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.

Compartí el asiento de atrás del coche de policía con dos chicas francesas. Una de ellas todavía tenía dos globos de colores atados a su cinturón, por lo que le pareció una buenísima idea sacarlos por la ventanilla, para que los vecinos pudieran ver un coche policial con globos de colores al viento, como en las bodas, pero cuando el poli que iba de copiloto se dio cuenta, se enfadó muchísimo y los explotó con rabia. “Vas a ir a mi madre”, le amenazó ella.

Aunque el escenario era el mismo en el que estuve hace unas semanas, la situación era muy diferente. Entonces pasé miedo y el ambiente era de silencio casi absoluto. Ahora, los policías intentaban crear la misma atmósfera, pero les era imposible. Cuando nos preguntaban de qué país éramos, uno decía que del mundo, otro, que de Atenas, y así todos. Y cuando intentaban averigüarlo por el idioma en el que hablábamos, uno hablaba en gallego, otro, en inglés, otro más repetía algunas expresiones en griego, y la francesa se rompía a cantar en perfecto castellano una cancion de Extremoduro que le habíamos enseñado unas días antes: “Hay que dejar el camino social alquitranado / porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas / hay que volar libre al sol y al viento/ repartiendo el amor que tengas dentro.

Cuando uno de los alemanes empezó a tirar purpurina al aire, un policía se encaró con él, y le dijo: “Sabes quien va a recoger eso del suelo? Tú”. A lo que este, que estaba bastante borracho, le respondió: “No. Lo va a recoger el señor embajador, ya que es su culpa que estemos aquí.” Todos nos reímos y el policía dijo muy serio: “No es divertido”. Y en seguida se le escapó también la risa. Aplaudimos, y una chica le dijo: “Si te ríes, es que vamos ganando. En un par de años vas a estar aquí con nosotros”. Unas horas después, en vez de prohibirnos fumar, como hacía al principio, ya solo nos pedía que lo hiciéramos rápido, y nos trataba de convencer así: “Aunque sea, hacedlo por mí.” Más tarde, le dijimos que como policía debería servir al pueblo griego y no a los banqueros extranjeros, y que, a lo mejor, algun día le contrátabamos para hacer alguna acción en la embajada por 30 euros la hora. “En la embajada no”, dijo. ¿Y si la hacemos en Syntagma? “Entonces, a lo mejor”, respondió sonriendo.

Mientras nos iban llamando para identificarnos, decidimos inflar algunos globos que aún teníamos en los bolsillos, y empezar a jugar a pasárnoslos. Pero al poco rato aparecieron otros dos policías, alfiler en mano, y fueron atrapándolos en el aire hasta explotarlos. Se fueron con cara de “a ver si os dais cuenta de una vez de quién manda aquí”. Pero la imagen era tan absurda que no podíamos parar de reírnos. No tardaron en llevarse a nuestro colega policía, y traer a cuatro antidisturbios protegidos y armados hasta los dientes para vigilarnos. La situación me recordaba un poco a la escena del interrogatorio de Batman. La verdad, no sé quién parecía más desquiciado, si ellos o nosotros.

Poco a poco, fueron saliendo todos, hasta quedarnos solo tres allí. La chica griega empezó a hablar con los antidisturbios de forma mas animada, hasta que uno de ellos, que hasta entonces no había hablado, preguntó tajante: “¿Vosotros soléis ir a Exarquia y luego váis por ahí lanzando piedras?”. Ella le respondió en griego: “No. Todavía no”. La línea que nos dividía volvía a imponerse entre ellos y nosotros. Hasta entonces, ella me habia dicho que había hablado mucho con ellos y que también estaban hartos.

Tiempo atrás, alguien me contó que la mayoría son muy jóvenes y que los traen de fuera de Atenas para que no se sientan identificados con la población. Por lo general, son bastante odiados. Uno de los cánticos más habituales en las manifestaciones es: “Y ahora, un lema que nos une a todos: Policías, cerdos, asesinos”. Suelen actúar con bastante impunidad; yo los he visto en grupos, como si fueran los malotes de la clase, empujando a la gente por la calle. Pero hoy nos hemos reído un poco todos juntos. Y hemos perdido un poco el miedo.

http://saltandoalapatacoja.blogspot.com.es/

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