La otra verdad que no me contaron

La charla de ayer de Vicenç Navarro, Juan Torres y A. Garzón me devolvió a las clases de Macroeconomía de segundo de carrera.

La Universidad Carlos III había puesto en marcha un programa piloto para impartir la carrera de Economía y de Dirección y Administración de Empresas en inglés. El volumen de profesores visitantes extranjeros que nuestra facultad recibía era tan numeroso, que la gerencia se vio obligada a formar un grupo bilingüe inglés/español hasta que los mencionados docentes, en su mayoría anglófonos, aprendían nuestro idioma, y así comenzó el experimento.

Éramos la generación 5.1 de la universidad española, la avanzadilla de ese nuevo alumnado que enviaba los exámenes por e-mail, leía los libros en versión original, y recibía clases de profesores del MIT en una universidad pública española. Compartíamos los exámenes de cátedra con el resto de estudiantes, pero nuestra clase se reducía a 25 personas, y nuestros talleres prácticos eran aún más reducidos.

A diferencia de los profesores españoles, nuestros maestros supersónicos no entendían por qué no podíamos utilizar calculadoras científicas en los exámenes, no aceptaban que los trabajos se entregaran a mano y no a ordenador, nos permitían beber dentro de clase, y algunos hasta se salían del aula durante los exámenes finales, en los que por cierto, aún se podía fumar.

Teníamos todos los elementos, y sin embargo, no aprendimos nada. Nadie en cuatro años levantó la mano y puso en duda el modelo. La pregunta era ¿Cómo se incrementa la productividad de un país? La respuesta correcta, fruto de un escrupuloso proceso matemático plagado de incógnitas era y es: reduciendo los salarios.

Las páginas satinadas de nuestros libros brand new importados de América del Norte coloreaban de rosa el margen de beneficio que le quedaría a un país si privatizaba los fondos de pensiones, mientras nuestros profesores de Baltimore dibujaban un ejército de puntos de equilibrio que zumbaban como moscardones recorriendo el encerado.

Nos vendieron una carrera libre de ideologías, creíamos que comprábamos libros de marca blanca desprovistos de sesgo y de banderas, y que nuestros profesores libres de mercado nos arrojaban carnes de verdad cruda que nosotros debíamos ir cocinando.

A mí también me engañaron. Entre el instituto y la universidad no tuve tiempo de construirme un criterio y les creí sin oponer resistencia. La intuición me dice que si un tipo A es más productivo que un tipo B depende de lo listo que sea, del tiempo que haya invertido en formarse, de sus contactos, de la capacidad de vender su producto, y también, como un elemento más, del precio al que esté dispuesto a vender el fruto de su trabajo. Esto que me late en el corazón, extrapolado, supone que si un país A es más competitivo que un país B, es porque su fuerza de trabajo está más profesionalizada, porque ha invertido mayor cantidad de dinero en I+D, porque está más capacitado para estar representado en las principales instituciones comerciales, porque tiene una mayor fuerza negociadora ante los diferentes organismos internacionales, y como no, porque los salarios que paga a sus trabajadores no son desorbitados. Pero si un país A, escatima en educación, recorta el presupuesto para Investigación y Desarrollo y carece de la inteligencia para posicionarse convenientemente en el plano internacional, lo único que puede hacer para mejorar su productividad es bajarme a mí el salario.

Ojalá hubiera roto el examen por la mitad. Ojalá hubiera exigido que me dejaran escoger qué verdad era la mía. Ojalá el pensamiento crítico invada las aulas y destroce los corsés del pensamiento único. Ojalá las universidades arrojen líderes de opinión que nos faciliten los instrumentos apropiados para entender qué está pasando

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4 respuestas a La otra verdad que no me contaron

  1. Anónimo dijo:

    1) Todas las formas culturales que conocemos han considerado la educación como pilar de su viabilidad, desde la Paideia griega.
    2) La hegemonía o el poder en general pasa por la “naturalización” de su ideología, que deja de ser ideología para ser “lo natural”, o sea, “lo que hay, lo que es”.
    3) La batalla de la soberanía de la verdad la ganó la ciencia en occidente hace varios siglos, así que ya no se lleva lo de “por la gracia de dios”, sino más bien: esto es ciencia. Cabe reclamar la tercera soberanía posible en litigio: esto es lo que decidimos entre tod@s.

    Buenísima entrada

  2. 15mas1 dijo:

    1) Todas las formas culturales que conocemos han considerado la educación como pilar de su viabilidad, desde la Paideia griega.
    2) La hegemonía o el poder en general pasa por la “naturalización” de su ideología, que deja de ser ideología para ser “lo natural”, o sea, “lo que hay, lo que es”.
    3) La batalla de la soberanía de la verdad la ganó la ciencia en occidente hace varios siglos, así que ya no se lleva lo de “por la gracia de dios”, sino más bien: esto es ciencia. Cabe reclamar la tercera soberanía posible en litigio: esto es lo que decidimos entre tod@s.

    Buenísima entrada

    A

  3. Javiere dijo:

    Enorme, sólo he leído dos entradas de tu blog pero me han encantado.

    Por cierto, yo también estuve ayer en la charla de ATTAC, el señor Navarro estuvo ENORME.

    • Anónimo dijo:

      Hola Javiere, no es muy blog, somos un grupete de amig@s que nos reunimos de vez en cuando para pensar juntos, y cada texto es de uno de nosotr@s, pero me alegra un montón que te haya gustado.
      Navarro enorme, y Vicenç hablando de su amigo Noam y del M-15, más!
      Besazo.

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