#yonopago: cruzar el Mississipi

Llegué a las 20.15 a SOL, como no había nadie y venía guapísima de la Autónoma le pregunté con cara de circunstancia a un policía que qué era todo aquel despliegue, y me dijeron que había una…manifestación en Callao, pero no llegué, porque al enfilar Preciados, flanqueados por los mimos y por dos escuadrones de policías salidos del mismo corazón de Mordor, bajaban unas 150 personas con pancartas cartoneras de ésas que también valen para apoyar el culo en SOL.

La calle estaba a tope, los gritos eran divertidos, la poli seguía la marea y hablaba por los Walkies con sus jefes y con sus infiltrados. Llegamos al oso con parche en el ojo, subimos carretas dejando atrás el muro de aquel hotel nuestro y al llegar a Jacinto Benavente empezamos a ir más rápido, el objetivo era colarse en Tirso. A la altura de los cines Ideal nos pusimos directamente a correr para que no les diera tiempo a alcanzarnos. Al bajar a la estación empezaron los primeros saltos. La prensa tomó las mejores posiciones detrás de los torniquetes, hubo algún rifi rafe porque había mucha cámara y mucho metal, y con los empujones sonaba algún clac de las cámaras chocándose contra los toros mecánicos. Se oyó “Paz y Amor” algún pensamiento suelto, pensé yo.

Los más osados saltaron a la torera, la retaguardia esperamos hasta que abrieron las portezuelas de salida y pasamos como señores. Cruzar al otro lado era como atravesar el desierto de México y descubrir que al otro lado está Arizona. Como acabar la maratón de Berlín y atravesar con los brazos en alto la puerta de Brandemburgo! Los del otro lado gritaban mientras la prensa hacia el paseíllo de ida y vuelta para contribuir con la causa.

Como el móvil se había quedado sin batería, no pude enviaros fotos de mi momento atravesando el Mississippi, pero fue iniciático. ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! ¡Yo no pago! De ahí corriendo al andén porque había que coger el metro.

Llenamos un vagón hasta los topes, las cámaras de los fotógrafos se nos clavaban en el costado y los micros ésos de gomaespuma sobresalían por encima de los pasajeros. La gente normal que iba en el vagón de casualidad sonreía y nos susurraba gritos de ánimo, las escaleras mecánicas asentían con contenida pasión el éxito de sus gladiadores perroflauticos.

Seguramente llegamos a Gran Vía guiados por los infiltrados, porque cinco metros después de bajar Montera, un escuadrón de jabalíes cortó el acceso por abajo, mientras otra manada más abundante cortaba la retirada. Yo me libré porque llevaba una ropa que no encajaba con la causa, y porque me rezagué al ver a un jabalí atándose los cordones de las botas. Como medida de seguridad en estos dispositivos ningún animal puede quedarse suelto, así que un superior vino a pastorearle y a decirle que viniera con los putos cordones atados de casa.

Eso me libro del Cerco. Los jabalíes de abajo y los de arriba rodearon a unas 50 personas. Los que estaban dentro intentaban salir, pero eran empujados una y otra vez al centro. Las consignas cesaron. Los de fuera no queríamos significarnos. Los de dentro pensaron que callados evitarían mayores males. Silencio máximo. Los jabalíes perfeccionaron sus posiciones, intercalados miraban dentro y fuera del cerco. Cara y espalda, cara y espalda, cara y espalda, cara y espalda. Si uno de los encerrados quería escapar le retenían, si uno de los de fuera provocaba, era engullido por aquella barrera de carne que según conviniera se contraía o se ensanchaba.

Yo, refugiada en mi atuendo parlamenté con un jabalí sin éxito, el chico que estaba al lado mío también lo intentó, pero iba menos arreglado, y se lo tragó el cerco. Trató de resistirse, pero unos cuantos jabalíes de incógnito lo capturaron.

Hubo varios conatos de huída que acabaron con detenciones de los de dentro, y con pelotazos y carreras arriba de los de fuera. Yo me refugié en una terraza porque llevaba unas bailarinas no aptas para la lucha y todo el jardín de chino en un bolso de piel súper arreglado. Unos chicos entendieron la situación, y se ofrecieron a pagarme un montadito, pero no tenía el cuerpo para cañas.

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